
R. está durmiendo en mi cama, yo caigo de sueño, pero no puedo caminar hasta mi lecho, porque la noche recién comienza, y son demasiadas tareas las que debo hacer, pero me distraigo con este post que casi tengo escrito en mi cabeza.
Mi objetivo es que R. se quede en casa por siempre. Cada día me hace más falta, y cada día la tengo más cerca. Tiene una razón de amor y de peso para no mudarse, la entiendo, me harto, y la entiendo, y la amo más porque mujer más noble no he conocido, así me grite unas tres veces al día.
Cuando miro a R me quedo sin argumentos, no hay forma de convencerla por ahora, aunque César –mi brujo- dice que ello se dará este año. Por lo pronto, Vodka y yo esperamos que César no falle, y últimamente no ha fallado en nada, en verdad, nunca ha fallado.
En pocos meses cumpliremos tres años juntas, las últimas semanas hemos aprendido a tolerarnos, y las peleas han cesado. Ella y yo nos abrazamos más, nos necesitamos más, y en el cajón de mi cómoda encuentro ropa suya, olvido semejante nunca antes había pasado. Así, me sorprendo algunas madrugadas contemplando su pequeña blusa color melón, o su short, o sus medias, o prendas más suyas, más mías. Y siento que cada vez está más cerca, y no quiero arruinar nada. Por eso, Vodka y yo hemos pedido a doña Elsa, la bella señora que me arregla la casa, que mantenga el orden y la limpieza, que pase por mi depa más seguido, que cuide los detalles, porque R. –más desordenada que yo- no tolera mi desorden, detesta encontrar mi brassiere encima de la sobreviviente PC, o mis zapatos en el comedor, y mi reloj en la cocina, y mis cables (laptop, notebook, iPhone y celular del diario) enredados en cualquier parte.
También comienzo a encariñarme con la aspiradora. Nada de pelos, pide R. Y Vodka me guiña el ojo, segura de verlos desaparecer con el viento, o con el aparato azul que cierta vez compré para aspirarme la mala vida que traía encima cuando rompí con mi ex.
He soñado en mis tres horas de descanso habituales que R. vivía aquí. Me he visto preparando el desayuno, como casi siempre suelo hacerlo, con gusto así esté sonámbula. He visto a R. tendida, de espaldas en mi cama, y he confirmado que tenerla es lo mejor que me ha pasado en la vida, que incluso con las batallas aquellas que hemos tenido, ella ha estado allí cuando me he caído y cuando he volado más alto de lo que esperaba.
Antes decía: “Mi depa”. En los últimos tiempos me sale del alma: “Nuestra casa”. El NOS se impone natural, el NUESTRO, y a ella también le sale NOS y NUESTRO.
Esta semana un colega murió en un accidente de tránsito. Chocó con un tráiler y tras varias horas de agonía no resistió más. A Álvaro lo conocí cuando yo era practicante de reportera en un canal de televisión. Él llevaba el micrófono de su radio en la mano. Vestía terno y una sonrisa inmensa lo alumbraba, todos lo querían.
No era mi amigo, pero siempre nos saludábamos con afecto. Las imágenes de la misa y del velorio, emitidas por la televisión, nos devastaron a las dos: la novia de Álvaro estaba rota. Se iban a casar este año. Un diario ha informado que peleaban mucho, y que la noche de la tragedia se habían vuelto a enemistar. Claro, Álvaro y Giuliana eran una pareja de este mundo, peleaban, se amaban, y peleaban. No importan los detalles de ellos, yo me quedo con una frase que nos salió de pronto: “Cuando discutamos, cuando nos terminemos, y cuando quizás nos ofendamos, hagamos lo imposible por abrazarnos y perdonarnos lo más pronto, no a la mañana siguiente, no más tarde”.
R y yo, abrazadas, nos quebramos, pensando qué pasaría si una de las dos se marchara de esa manera tan brutal. R. lloraba y yo también. Yo le dije que me quería morir primero. No soportaría su partida. La muerte es tan cercana al amor, que cuando alguien fallece te pones a pensar qué ocurriría si la protagonista fueras tú, o la persona que más amas.
El hilo que nos mantiene atados a la vida es tan débil, que un suspiro nos puede mandar demasiado lejos por siempre. Será imposible no pelear, pero al menos hoy sabemos que nos necesitamos más, que mi cama la espera, que mi cocina aguarda su supervisión estricta, que la mesa del comedor la quiere cerca, que me encanta cuando lee y me ignora (foto), que mi gata y yo la esperamos cada noche con la esperanza de que se vaya quedando, quedando. Quedando.