
Alguien se me acercó a plantearme esa pregunta. La verdad es que no sabía la respuesta. Pero ella quería saber, y yo –supuesta experta- tenía que ensayar algo para no defraudarla. Lo primero: no corras, las circunstancias te ayudarán a resolver esa interrogante. Lo segundo: experimenta si te provoca. Lo tercero: no tengas miedo, nadie te va a comer, ¿o sí?
Entiendo que a muchas chicas les pasa esto por la cabeza cuando tienen entre 17 y 20, y una amiga –sí, una sola- se transforma en imprescindible, necesaria y vital. La confusión es natural, sobre todo si sueñas con ella, y si tus sueños son hot. Pero que a los 30 y algo te enfrentes a esa duda debe ser un descalabro.
Me llegó un email de alguien que pronto cumplirá 40 años. Resulta que en los últimos 12 meses viene sintiendo algo que no sabe explicar por una compañera de trabajo. “Es tan bella que me estremece”, me escribió. Dice la señora X que no puede dormir de solo pensar que quizás es lesbiana.
En cualquiera de los dos casos yo creo que dar el paso hacia ese abismo que es el descubrir resulta lo más saludable, así no te mueres pensando que quizás no fuiste lo que siempre quisiste ser, o que algo faltó en tu vida para alcanzar la plenitud. Sí, es un juego peligroso. Para X, casada y con hijos, es un drama, un tema del que ya habló con un psicólogo. X dice que no encontró la salida en la terapia, y sigue con esa angustia.
Todos los viernes, X y su amiga V abandonan la oficina, se dirigen a un bar y toman unos tragos para relajarse. Hablan de cualquier cosa y solo una vez se han acercado más de lo habitual. En aquella ocasión, X reaccionó y dijo: “No soy lesbiana”. Los labios de su amiga se cerraron. X piensa que algo iba a pasar.
La rutina de los viernes sigue... Intacta, urgente, asfixiante. X tiene miedo. V -que también es casada-, debe experimentar lo mismo. "Aunque podría ser que yo soy lesbiana y ella no", especula X.
“¿Cómo dar ese paso sin herir a tu esposo y a tus hijos?”, me pregunta X. Es habitual pensar en no dañar a los que quieres. Digamos que en la vida lo último que debes hacer es herir a los que te han hecho feliz, pero hay ocasiones en las que el destino te impone dar pasos impredecibles para contrastar tus sentimientos, tus deseos, tus pesadillas. Esa es mi regla, aunque yo confieso que el miedo también me domina y paraliza. No obstante, insisto: hay que caer en ciertos abismos para que la muerte no se ría en nuestra cara por todo lo que nunca nos atrevimos a hacer.