Ella y yo estamos en clases de natación. Debo decir, sin modestia, que soy una experta nadadora. Pero debo hacer ejercicios. Y solo en el agua puedo hacerlo. En tierra firme apenas camino. Me encantaría que todo fuera mar a mi alrededor. Pisando tierra, no me queda otra opción que seguir caminando por mi ciudad y su caos. Si pudiera volar o nadar sería cien veces más feliz. El asunto es que nado por las noches, con ella, que me pone los lentes y el gorrito. Mi torpeza es increíble. Necesito de su manos para lanzarme a la piscina, a la verdadera piscina que es ahora mi vida, a punto de ser demasiado light para ser verdad. He dejado las cervezas y en una semana me tomaré una foto con mi último cigarrillo. Quizás me convierta en una militante vegetariana. Y quizás tome café descafeinado (Lo dudo, pero no podría jurar lo contrario). Algo está pasando, y todavía me cuesta aceptar que mi cargamontón de malos hábitos se extinguirá.
Pero regresando a mi piscina debo decir que nadar sin ella a mi lado sería un absurdo. Yo estoy en un carril más avanzado. La miro y ella está allí, luchando con una tablita, escuchando las indicaciones del profesor. Meto la cabeza en el agua y nado, nado, nado hasta cansarme.
A veces encuentro su cuerpo debajo del agua. Lo miro y me alegro que sea casi mío. A veces me confundo. Ese cuerpo es de otra chica. Lo miro y...¿me lamento de que no sea mío? Ja, ja... Hasta en eso he cambiado.
A veces encuentro su cuerpo debajo del agua. Lo miro y me alegro que sea casi mío. A veces me confundo. Ese cuerpo es de otra chica. Lo miro y...¿me lamento de que no sea mío? Ja, ja... Hasta en eso he cambiado.
No sé si ella necesite de mi presencia para aprender a nadar, pero yo sí necesito de ella para nadar como tonta 25 metros, 100 metros, 200 metros...
Y allí estamos, todas las noches, en un ritual que -por nada del mundo- quisiera perdérmelo.
Ella aprendiendo. Y yo mirando por debajo del agua a la mujer que cambió mi vida, que cambió el agua de mi piscina.