Pido permiso para insultarla. Disculpe señorita, pero quiero que me explique quién la hizo tan descarada, quién le enseñó a besar sin amor, quién –maldita sea- le aconsejó burlarse de las mujeres como yo. Por qué se empeña en hacer infeliz a quienes la amamos, porque yo no soy la única y eso no me lo va a negar. Qué he hecho yo para merecer esto, diría una chica Almodóvar, con ese tono de lista y quizás un poco boba.
Dígame, por Dios, por qué se burló tantos años de mí, porque me fue cada noche más infiel que la anterior, por qué durmió sin dormir a mi lado, por qué decía te quiero cuando debía decir te amo, por qué me exprimió como un limón para luego tirarme a la basura.
Pido permiso para sacarla de mi vida, para matarla, para hacerla pedacitos y comérmela con mayonesa light. Porque usted fue mi obsesión y me la tragaré todita hasta olvidarla.
Habla Sandra, por qué fuiste tan mala conmigo, por qué nunca quisiste jugar bien en esta historia, por qué te burlaste de mis sentimientos.
Sandra no quiere hablar. Y yo he terminado mi monólogo bañada en lágrimas. Ella está y no está, como siempre. Presente y ausente, visible e invisible, compasiva y despiadada. Dice Sandra que yo lo sabía todo y que nunca me engañó. Su honestidad fue y es brutal.
La escena transcurre en un hotel llamado Hollywood, en la habitación Nicole Kidman, donde hay un jacuzzi rosado y una silla sexual de cuero, donde otras –no nosotras- ensayan alguna pose delirante. Hasta allí hemos llegado para poner fin a este amor desgraciado entre dos mujeres que nunca fueron nada.
Mi monólogo concluye cuando la veo peinarse, asomar a la puerta y decir adiós con esa sonrisa suya tan falsa que siempre te refriega en la cara un ‘lo sabías baby’.
Me quedo allí, repasando la película de mi vida, en una habitación de paredes turquesas adornadas con cuadros de estrellas hollywoodenses de los noventa. Huele a desinfectante y a sexo pasado. El baño está con la luz encendida. Hay una botella de vodka en la mesita de noche. El reloj se detuvo a las nueve de la noche, pero deben ser las diez de la mañana. En dos horas tendré que dejar el hotel, regresaré a mi casa, abrazaré a mi gata y dormiré hasta que Luz me despierte.
Me declaro culpable de haberla amado, pero ya es demasiado tarde para lamentos. Sé que todas las mujeres no son iguales, el problema es que yo me topé con la capitana del ejército de las peores y lo debo pagar
Conocí a Sandra en una calle muerta del Centro de Lima. Lima puede ser la ciudad más ingrata del mundo si no naciste en uno de sus 42 distritos. Yo no era de Lima, yo había llegado de un pueblo muy triste llamado San Juan, en el norte. No aparece en el mapa y si no fuera porque conservo fotos de mis padres y de mis abuelos en ese lugar casi juraría que el pueblo jamás existió. Lima me trató como a cualquier provinciano. Lima me agarró a cachetadas, me lanzó escupitajos y me hizo caer muchas veces. Hoy mismo, mientras doy vueltas por esta habitación, siento que la ciudad se está vengando por el poco amor que le tuve, por no admirar su belleza prestada de la colonia, por no contemplar con cariño sus callecitas estrechas, por no sentirme limeña, por sentir que jamás sería de aquí.
Lima es mujer. Y Sandra, para mí, es Lima. Ella resume todo lo que esta ciudad maldita es: un poco puta y un poco santa, caótica hasta el dolor, indiferente y cruel, falsa, engaña muchachas (os), teatrera, traicionera.
Yo no quisiera vivir en Lima sino en una de las playas de San Juan, donde las mujeres no se enamoran, pero tampoco te enamoran. Yo nunca debí haber salido de allí, pero decían mis padres que solo en Lima saldría adelante. Tuve entonces el presentimiento nítido de que aquí solo encontraría la muerte. Y así fue. Lima ha sido mi muerte y será mi tumba. No hay opción a resucitar.
Sandra se acercó a mí y me hizo la conversa, mientras yo devoraba un cartel de empleos mal pagados en una plaza del Rímac. Me dijo que todos esos trabajos eran muy malos, que solo te explotaban, que mejor había que arreglárselas sola. Cuando busqué el rostro de esa voz dulce que casi me susurraba al oído el mejor consejo del mundo mis ojos se quedaron prendados de su sobria belleza. Era una muchacha de cabellos lacios y marrones, carita ovalada y ojos negros. Tenía un lunar en el pómulo derecho. Era delgada, pero su jeans marcaba formas cómodas. Me enamoré de solo mirarla. Ella lo supo al instante. Me invitó a tomar una cerveza. Eran las doce del día. Yo le propuse un ceviche también. Y así empezó esta historia. Luego de las cervezas y el ceviche terminamos en un hostal. Yo jamás había estado con una mujer, pero siempre lo había deseado, porque siempre sentí que no me gustaban los chicos.
Sandra me devoró en media hora. Luego se fue a la ducha, se bañó y se fue. Yo quedé tendida en la cama, pensando qué sería de mí después de ella. Le había dado mi teléfono, pero ella no me había dado el suyo. Solo tendría que esperar. La quería. La quería ya.
Pasaron semanas, tres semanas, antes de que marcara mi número y me citara en un café del centro. Allí estaba: en una mesa, tomando una cerveza negra y fumando un cigarrillo rojo. Yo llegué con una rosa, que luego hice pedazos porque ella dijo que las cursilerías no iban con su gusto. Me había citado para invitarme a una fiesta. Tenía como humo en los ojos. Yo quería llorar. Sabía que esa fiesta sería el principio del fin.
Le dije que solo había pensado en lo de esa tarde, que estaba enamorada, que quería ser su novia. Sandra soltó una carcajada, como diciendo ‘pobre provincianita’. Le hablé de mi pueblo, le ofrecí conocer las playas de San Juan y la invité a cenar en lugar de ir a esa fiesta. Sandra dijo que no, que jamás plantaría a sus amigas, que tiempo para otras cenas sobraría, que no piense que la vida se termina ya.
En la fiesta ella bailaba sola, pero luego una corte de chicas la rodeó. Ella las besaba y las mordía con descaro, mientras yo la miraba embobada. Sandra no era mía ni lo sería nunca. Tenía 25 años y, según me dijo, era secretaria desempleada. Hablaba inglés y francés. Su sueño era trabajar y vivir, sobre todo vivir, en París. Mientras yo la contemplaba, una chica se me acercó y dijo: “No te enamores”. La miré y sin saber si debía preguntar algo más sentí que iba a llorar.
-Búscate otra, que no tenga pasado, que no tenga historia. Alguien como yo-, dijo. Y sonrío. Se llamaba Luz y era mucho más guapa que Sandra. Sin embargo, ya estaba escrito, Sandra sería mi ruina.
La noche transcurrió con Luz a mi lado y Sandra a varios metros, bailando con todas menos conmigo. Luz me propuso salir a pasear. Salí y en el camino fue sorprendida con un beso húmedo. Me sentía infiel y sucia, le dije que no podía, que Sandra y yo teníamos algo y que debía respetarlo. Luz me miró con lástima. Vamos a dormir juntas, dijo. Volví a la casa de la fiesta. Sandra estaba tumbada en un sofá, tocando las tetas de una tipa. Vamos, le dije a Luz.
El amor con Luz fue diferente. Luz se entregaba en el sexo, me tocaba y se dejaba tocar, me besaba y me pedía que no la dejara de besar. No me iba a enamorar, no sé por qué, pero no iba a pasar y se lo dije. Luz me abrazó y se durmió. Por la mañana, la pasamos en la cama, hablando de nuestras cosas, de su pueblo, Santa Catalina, y del mío. Le prometí llevarla y ella prometió llevarme. Me dibujó con un lapicero de tinta líquida un corazoncito rojo en el pecho. Me lo sopló para que secara y me pidió que pasara otra noche a su lado, que no me vaya. Le pedí que saliéramos a almorzar y que me acompañara a mi casa, pues debía darle de comer a Vodka, mi gata. Entonces, nos quedamos en tu casa, dijo. Acepté. Y al poco rato estábamos en mi casa, acurrucadas en la cama, yo hablándole de Sandra, mientras ella hablaba de ella, de lo que soñaba, de lo que quería, de lo mucho que la gustaba la música, y de lo bien que se sentí a mi lado. Yo me sentía bien, pero quería ver a Sandra.
Hay mujeres que te marcan para siempre por su indiferencia o por su amor. Sandra me marcó con su indiferencia y Luz con su amor. Ahora que no tengo a ninguna de las dos me pregunto cómo fui tan ciega.
Pasé tres años entre Sandra y Luz, rogándole a Sandra que me amara, y pidiéndole a Luz que me dejara. Al final siempre terminaba llorando en brazos de Luz.
Cuando decidí acabar con Sandra, harta de sufrir, abrumada por una depresión que casi me lleva al suicidio, Luz ya se había matado. Al verla muerta, sobre el pavimento de una avenida de Miraflores, donde terminan todos los desenamorados comprendí que estaba yendo muy lejos con ese amor enfermizo. Recuerdo muy bien el día de su muerte. Ella me llamó al celular, yo no contesté porque estaba haciendo el amor (bueno, sexo) por última vez (eso prometí) con Sandra. Dejó un mensaje: “Amor, solo quería decirte que no sirvo para nada, que no sirvo para ti, que pese a mis esfuerzos no supe ganarme tu cariño y tu pasión. Te dejo y me voy. Recuerda que yo fui la primera y la única que te pintó un corazón en tu pecho. Te amo”.
En ese instante me puse de pie y me cambié. Tomé un taxi y fui hasta ese puente de Miraflores, desde donde siempre planeamos matarnos. Allí estaba. Boca abajo, rodeada de tres policías y un sereno. En sus manos tenía una estampita de San Antonio. Lloré sobre su cuerpo, la besé y caí desmayada.
No podía aceptar que Luz ya no estaba, que ya no cantaría para mí, que no me dibujaría corazoncitos, que no me diría te amo, que no me llamaría diez veces al día para preguntarme si quería seguir viviendo y si ya la amaba.
Meses después Sandra me llamó. Me citó en el Hollywood. Ese día no hicimos el amor. Ese día hablé yo.
Luz me dejó un vacío irremplazable. Luz se había convertido en mi amor sin que yo me diera cuenta. Y ahora Luz no estaba. Y Sandra no me inspiraba más que rabia. Mil veces me dijo que ya estaba cerca el día en el que me amaría y que sería solo para mí, que ahora no podía dejar a esas mujeres, que vayamos despacio, que tiempo nos sobraba. Esa puta promesa me mantuvo a su lado, esperanzada en una mentira.
Ahora Luz no está. Ahora yo dibujo corazoncitos rojos en mi cuerpo, cierro los ojos y la extraño. Doy vueltas por el puente Videna y me pregunto si debo seguirla. No tengo valor para matarme. No puedo seguirte amor. Odio mi cobardía. No la puedo seguir como tampoco pude amarla, amándola, en esa vida que me regaló.
12 de diciembre de 2007
5 de diciembre de 2007
Fielicidad
Cuando a las mujeres lesbianas les preguntan si son fieles, algunas responden:
-Claro, por supuesto, definitivamente.
Yo no sé si mienten. Tuve épocas en las que fui demasiado infiel para soportarme. Lo peor (y quizás por ello me vaya al infierno) es que no conocía el remordimiento o cargo de conciencia. Mis amigas-confidentes me preguntaban: ¿Y cómo haces para no sentirte culpable? No lo sé. El infiel o la infiel, como mejor quieran, siempre encuentran excusas para que le disculpen su deslealtad. Yo encontraba todas las excusas: me trata mal, no me hace el amor, es una renegona, creo que no le importo, en la cama somos un desastre, somos amigas o hermanas...
Me he arrepentido hasta el llanto de todos los cuernos que puse. Mal que bien nadie se merece una mentira. Ahora lo sé, bastante tarde por cierto, y ya lo pagué.
He pedido disculpas públicas a una de mis víctimas. Creo que me ha perdonado. Tarde, como siempre, me di cuenta todo lo que la había llegado a querer. Hoy solo deseo que no se tope con alguna Esther, versión década del 90.
También pedí perdón a otra personita que llenó mi vida, y con la que quizás pude haber permanecido eternamente a su lado, porque amor nos sobraba. Era un amor distinto, pero era amor. Hoy, ella, es una de mis mejores amigas. Nunca dejaré de decirle cuánto la quiero.
Saber que algunas mujeres importantes me perdonaron me ayuda a sentirme, cada día, una mejor persona.
A nadie le diré que sea fiel. La experiencia y el tiempo te ayudan a entender por qué es mejor romper antes que traicionar. Yo no soy consejera, psicóloga, sexóloga o cualquier cosa semejante. Yo solo soy una mujer, lesbiana, periodista y tremendamente ociosa.
He prometido ser fiel y sé que cumpliré.
Cuando me pregunten si soy fiel responderé:
-Claro, por supuesto, definitivamente..
Si antes respondía así por no quedar en evidencia hoy lo hago con todo el corazón, porque me da la gana, porque me siento bien en este estado de lealtad total.
¡Aléjense de mí tentaciones! No tengo ganas de compartir mi amor. Miro chicas, pero solo con la mía quiero dormir, amanecer y roncar. Admiro un cuerpo bonito adornado con dos pechos redondos, pero me quedo con los de mi chica: porque son míos y caben en mis manos. Puedo soñar con alguna hermosura, pero al despertar tengo a mi lado a quien me ama y a quien amo. Puedo mil cosas, pero solo quiero seguir a su lado, porque con ella me aproximo cada vez más a eso que llaman felicidad o fielicidad.
-Claro, por supuesto, definitivamente.
Yo no sé si mienten. Tuve épocas en las que fui demasiado infiel para soportarme. Lo peor (y quizás por ello me vaya al infierno) es que no conocía el remordimiento o cargo de conciencia. Mis amigas-confidentes me preguntaban: ¿Y cómo haces para no sentirte culpable? No lo sé. El infiel o la infiel, como mejor quieran, siempre encuentran excusas para que le disculpen su deslealtad. Yo encontraba todas las excusas: me trata mal, no me hace el amor, es una renegona, creo que no le importo, en la cama somos un desastre, somos amigas o hermanas...
Me he arrepentido hasta el llanto de todos los cuernos que puse. Mal que bien nadie se merece una mentira. Ahora lo sé, bastante tarde por cierto, y ya lo pagué.
He pedido disculpas públicas a una de mis víctimas. Creo que me ha perdonado. Tarde, como siempre, me di cuenta todo lo que la había llegado a querer. Hoy solo deseo que no se tope con alguna Esther, versión década del 90.
También pedí perdón a otra personita que llenó mi vida, y con la que quizás pude haber permanecido eternamente a su lado, porque amor nos sobraba. Era un amor distinto, pero era amor. Hoy, ella, es una de mis mejores amigas. Nunca dejaré de decirle cuánto la quiero.
Saber que algunas mujeres importantes me perdonaron me ayuda a sentirme, cada día, una mejor persona.
A nadie le diré que sea fiel. La experiencia y el tiempo te ayudan a entender por qué es mejor romper antes que traicionar. Yo no soy consejera, psicóloga, sexóloga o cualquier cosa semejante. Yo solo soy una mujer, lesbiana, periodista y tremendamente ociosa.
He prometido ser fiel y sé que cumpliré.
Cuando me pregunten si soy fiel responderé:
-Claro, por supuesto, definitivamente..
Si antes respondía así por no quedar en evidencia hoy lo hago con todo el corazón, porque me da la gana, porque me siento bien en este estado de lealtad total.
¡Aléjense de mí tentaciones! No tengo ganas de compartir mi amor. Miro chicas, pero solo con la mía quiero dormir, amanecer y roncar. Admiro un cuerpo bonito adornado con dos pechos redondos, pero me quedo con los de mi chica: porque son míos y caben en mis manos. Puedo soñar con alguna hermosura, pero al despertar tengo a mi lado a quien me ama y a quien amo. Puedo mil cosas, pero solo quiero seguir a su lado, porque con ella me aproximo cada vez más a eso que llaman felicidad o fielicidad.
4 de diciembre de 2007
A los 33
En unas horas cumpliré 33 años. Dice el doctor Maestre que cada vez que uno cumple años una serie de sentimientos adversos confluyen, lo cual genera depresión y hasta brotes de enfermedad. El miedo es tremendo. Te preguntas si lo que has hecho hasta hoy ha estado bien o mal, si has logrado tus metas, si has llorado lo suficiente ya, si tu relación perdurará otro cumpleaños, si tu gata adorada seguirá contigo hasta los 34... Es cierto lo que dice Maestre. Un aluvión de preguntas cae sobre tí. No sales bien parada. Al contrario: al hacer el balance te das cuenta de que estás a mitad del camino, quizás no has hecho lo suficiente para sonreír.
Quizás eres mejor persona, pero falta mucho para ser la adorada mujer que necesita tu pareja.
Yo lo único que quiero es ser feliz. Feliz en mis frivolidades y en mi lado más profundo. Quiero tener carteras Louis Vuitton en mi clóset y quiero que mi pareja duerma todas las noches a mi lado. Quiero hacer el amor todos los días y quiero escribir mi libro. Quiero ir de vacaciones a México y quiero estudiar una maestría. Quiero comprarme una casa y quiero imaginar que algún día me animaré a ser mamá.
Nunca calculé cómo sería mi vida a los 33. No esperaba nada mejor tampoco. Me veía siempre en un bar. Hoy no gusto tanto de los bares como antes. Hoy solo quiero una copa, buena música y velitas encendidas.
Quiero pintarme las canas y disimular los rollos, pero quiero también tener tiempo para caminar y para pensar que los 34 no me sorprenderán con otro fracaso encima.
33 es una edad clave: no eres ni tan joven ni tan vieja. Estás en el punto medio, donde las decisiones deben ser equilibradas. No puedes seguir fallando tantas veces. No vale equivocarse tantas veces. Ya basta de meter la pata.
Hay algo más que deseo, y no sé que es, pero a veces cuando sueño lo tengo claro. Al despertar lo olvido. No sé de qué se trata. Quizás necesite ser mamá, quizás debería animarme a tomarme un año sabático como mi parejita pretende, quizás tantas cosas. Quizás tendría que dejar de escuchar a Calamaro, Sabina y Chavela. Yo no sé qué pasa en ese sueño. No lo sé. Solo sé que en unas horas tendré 33 años y algo parecido a la felicidad da vueltas a mi alrededor.
Quizás eres mejor persona, pero falta mucho para ser la adorada mujer que necesita tu pareja.
Yo lo único que quiero es ser feliz. Feliz en mis frivolidades y en mi lado más profundo. Quiero tener carteras Louis Vuitton en mi clóset y quiero que mi pareja duerma todas las noches a mi lado. Quiero hacer el amor todos los días y quiero escribir mi libro. Quiero ir de vacaciones a México y quiero estudiar una maestría. Quiero comprarme una casa y quiero imaginar que algún día me animaré a ser mamá.
Nunca calculé cómo sería mi vida a los 33. No esperaba nada mejor tampoco. Me veía siempre en un bar. Hoy no gusto tanto de los bares como antes. Hoy solo quiero una copa, buena música y velitas encendidas.
Quiero pintarme las canas y disimular los rollos, pero quiero también tener tiempo para caminar y para pensar que los 34 no me sorprenderán con otro fracaso encima.
33 es una edad clave: no eres ni tan joven ni tan vieja. Estás en el punto medio, donde las decisiones deben ser equilibradas. No puedes seguir fallando tantas veces. No vale equivocarse tantas veces. Ya basta de meter la pata.
Hay algo más que deseo, y no sé que es, pero a veces cuando sueño lo tengo claro. Al despertar lo olvido. No sé de qué se trata. Quizás necesite ser mamá, quizás debería animarme a tomarme un año sabático como mi parejita pretende, quizás tantas cosas. Quizás tendría que dejar de escuchar a Calamaro, Sabina y Chavela. Yo no sé qué pasa en ese sueño. No lo sé. Solo sé que en unas horas tendré 33 años y algo parecido a la felicidad da vueltas a mi alrededor.
1 de diciembre de 2007
Comunidad gay: restauremos a Perry

Siempre pensé que el matrimonio gay o lésbico o trans o lo que quieran inventar era una bobada, un pretexto para una juerga a morir. Y como yo no necesito pretextos para emborracharme nunca me hice problemas por el asunto. En algún momento me ilusionó la idea de recibir regalos de recién casados y partir de luna de miel, pero luego me dio flojera preparar la casa para la ocasión. Además, mi entonces pareja -creo- no tenía el propósito de formalizar nada. ¿Para qué? Si le iba tan bien de aventurera. Lo cierto es que pasé del tema, como he pasado de otros.En algún momento hace tres o cuatros años, cuando comencé a temer a la muerte, me pregunté qué pasaría con mi modestia herencia si me muero. Pese a que no merecía ni un calzón mío yo estaba convencida de que era a ella a quien correspondía todos mis bienes, incluyendo mis cuatro hermosas y sensuales gatitas. Sabía de sobra que mis calzones y mis gatas serían lo último que mi mamá se llevaría de esa casa donde vivíamos, pero quería dejar todo en orden, para cuando la combi me aplastara o para cuando la pena me empujara de cualquier balcón. El tiempo pasó y no hice nada: ni herencia ni nada. Cambié de pareja (gracias a Dios!) y otra vez me pregunto qué pasaría.En estos días, en el Congreso, se ha vuelto a tocar el asunto. He visto a la congresista Sacieta defendiendo el amor gay con un corazón tan grande que hasta me parece bastante sensual la señora ley. Yo quisiera que ella me divorcie, por lo menos. No quiero creer que es una figuretti, quiero pensar que le interesa las causas de las minorías. Quiero ser bien pensada. Anoche, mientras me aburría en el diario sin grandes noticias ante un día muerto, llegó un correo electrónico que me paralizó: Los homosexuales se restauran. Quién era el autor de esa maravilla. ¿Acaso los cirujanos Otto Cedrón o Morillas? Yo necesito borrar mis patas de gallo y una liposucción urgente. Abrí el correo en lugar de eliminarlo.El autor era un tal David Perry, congresista de la República y pastor evangélico. Nunca en mi vida lo había escuchado. Qué tal Perry. (Eso es apellido o chapa, o nombre de batalla como Conchita o Malú, o nick como Oso insaciable) Decía Perry que la homosexualidad no es una opción sexual sino una desviación de la personalidad que puede ser RESTAURADA con ayuda psicológica y espiritual. Perry jura que ha 'convertido' a muchos homosexuales a heterosexuales. He conocido pastores y pastorcitos como Perry, pero ninguno era congresista. Como a Perry nadie me lo ha presentado he buscado en su hoja de vida y he descubierto que se llama Juan David, que su correo electrónico es oportunidad12@hotmail.com, que cumplió años el último jueves, que nació en Huaraz, y que en su experiencia laboral figuran cargos en iglesias evangélicas muy respetadas seguro. Perry es autor de un libro que jamás he visto y que se llama: ¿Por que nos quitaron la vida? Este Perry tiene cara de buen tipo, en su galería fotográfica se presenta como un hombre que trabaja por los peruanos más pobres, esos que necesitan restaurar urgentemente su casa y su presupuesto. No lo he visto al lado de ningún gay restaurado y lo invito cordialmente a que me presente su obra de arte.
Quiero pruebas y si las tiene me pongo en sus manos con los ojos cerrados.Yo no me quiero casar ni salir a marchar. Yo creo que necesitamos una ley que garantice los derechos de las parejas homosexuales. No el derecho a abrazarse o apretarse, pues para eso no necesitamos ley. Lo que necesitamos es una ley que nos permita incluir a nuestra pareja en Essalud o en la EPS que hayamos escogido, una ley que nos facilite el acceso a una casa de MI VIVIENDA como sociedad conyugal, una norma sencilla que facilite la herencia, una disposición que no excluya a nuestro compañero.
Monseñor Luis Bambarén ha pedido archivar la propuesta legislativa que permitiría el matrimonio de homosexuales porque va en contra de la Constitución y el "mandato de Dios". Ha dicho que la Iglesia respeta la existencia de homosexuales, y que incluso los acoge, pero MATRIMONIO no, porque va en contra del plan de Dios. ¿Cuál será el plan de Dios?La opinión de la Iglesia ya la conocíamos. Ya sabemos que el plan de Dios, de acuerdo con los bambarenes, no nos incluye en su cielo. Pero bueno a estos señores con sotanas no les pagamos para que hagan leyes. Al tal Perry sí. Por eso, considero pertinente que busquemos a este señor para que nos restaure.Vamos, don Perry, yo me apunto. Quiero transformarme, quiero ser una mujer decente, quiero ser una mujer de bien y si se puede enamorarme de usted. Seguro que juntitos, restauraditos los dos, seremos una pareja ejemplar, sin cachos, sin mentiras, sin nada oscuro debajo de nuestras sábanas.
Usted que debe ser un gran señor merece a una señorita como yo, que pese a la mala vida, está dispuesta a restaurarse.Vamos, la homosexualidad tiene cura. Los que no tienen cura son algunos de nuestros congresistas. Lo espero Perry.
30 de noviembre de 2007
Mentiras negras

(Las que todavía no te he dicho)
-No me he acostado con nadie estando contigo.
-Disfruto de mi soledad.
-Dejaré a mis gatas cuando vivamos juntas.
-Seré la pareja perfecta.
-Dejaré de fumar
-Dejaré de escuchar Calamaro, Sabina y Chavela Vargas
-Limpiaré mi casa dos veces por semana.
-Soy tu propiedad privada.
-Tendrás tu espacio.
-Soy una new mujer.
-Jamás te rogaré.
-Viviré lejos de TI y seré muy feliz.
-No me he acostado con nadie estando contigo.
-Disfruto de mi soledad.
-Dejaré a mis gatas cuando vivamos juntas.
-Seré la pareja perfecta.
-Dejaré de fumar
-Dejaré de escuchar Calamaro, Sabina y Chavela Vargas
-Limpiaré mi casa dos veces por semana.
-Soy tu propiedad privada.
-Tendrás tu espacio.
-Soy una new mujer.
-Jamás te rogaré.
-Viviré lejos de TI y seré muy feliz.
28 de noviembre de 2007
mentiras blancas
-nunca he amado a nadie como a ti
-este fue el mejor orgasmo de mi vida
-como tú me has tocado no me ha tocado nadie
-eres la que mejor me ha besado
-solo sueño contigo
-somos compatibles
-nunca se agotará mi pasión por tí
-me encanta dormir a tu lado
-siempre hueles rico
-tu piel siempre es suave
-soy solo tuya
-no imagino la vida sin tí
-solo a tu lado he sido completamente feliz
-cuando no duermes a mi lado tengo insomnio
-solo me gustas tú
-cocinas rico
-qué linda estás al despertar
-este fue el mejor orgasmo de mi vida
-como tú me has tocado no me ha tocado nadie
-eres la que mejor me ha besado
-solo sueño contigo
-somos compatibles
-nunca se agotará mi pasión por tí
-me encanta dormir a tu lado
-siempre hueles rico
-tu piel siempre es suave
-soy solo tuya
-no imagino la vida sin tí
-solo a tu lado he sido completamente feliz
-cuando no duermes a mi lado tengo insomnio
-solo me gustas tú
-cocinas rico
-qué linda estás al despertar
27 de noviembre de 2007
No más soledad al cuadrado
Fue como caer sobre la pista y mirar las combis a punto de arrollarme. Solo entonces, sobre el pavimento, desperté de una prolongada pesadilla, absurda y devastadora. ¿Tenía otra oportunidad al lado de la persona más hermosa del mundo o ya era demasiado tarde? Uno nunca sabe cuándo es demasiado tarde. De pronto tú estas corriendo en una competencia diferente y esa persona que te amó tanto ya dejó de hacerlo y te dice que la tienes harta, que no soporta más tus estupideces, que se pasó de masoquista, que todo tiene un límite. Justo ella dice esas cosas cuando a ti se te ocurre que ya no volverás a mirar el pasado con nostalgia, cuando descubres que perdiste muchísimos días y años en esperar lo que jamás existió. Yo he prometido no volver sobre mis historias del pasado. Seré el presente con ella y mi futuro se escribirá a su lado. Yo solo quiero una oportunidad en la vida. Ya pagué todas las cuentas que tenía con la vida, ya la vida se vengó por todos los cuernos que puse, por todos los corazones que derrumbé. Ahora solo quiero una oportunidad.
No voy a rezar ni voy a llorar. Solamente seguiré el rumbo del amor, esperaré el día de mi cumpleaños con la esperanza de disfrutarlo de verdad, como hace mucho no me pasa. No me compraré una fiesta como en otros años. No me compraré un regalo y se lo daré a otra para que siquiera lo envuelva. No, ya no.
Solo quiero estar tendida en mi cama, sintiendo su calor, mirando sus ojos que sí me aman, poniendo mi pierna sobre la suya, durmiendo en su pecho. No espero más que amor al cuadrado. Hace unos días escuché esa canción de Sabina y Paez en la que ambos dicen: dormir contigo es estar solo dos meses/ es la soledad al cuadrado.
Hace seis años o más canté esa puta canción, convencida de que me había condenado a un falso amor. Seguí, y seguí cantando las mismas tristes canciones, con la soledad y la pena al cuadrado. Ya no quiero más eso. Es una promesa. Es un compromiso. No seré más ese ser triste y estúpido que durante años se impuso a la mujer alegre que alguna vez fui.
De aquí en adelante no lloraré más y si lloro espero que sea por una buena causa, y no por tantas tonterías como las que marcaron mi descalabrado y nada admirable pasado.
Simplemente quiero ser feliz. Una vida sin soledades al cuadrado, sin falsas ilusiones, sin amores al paso para llenar lo que no me llenaba. Ya no más.
En unos días cumpliré 33 años. Y me llega esta edad con una persona excepcional a la que no quiero perder, por la que ahora debo de luchar porque la he cagado demasiado. Pero tiene mi corazón y tiene la fuerza que me ha dado haber caído hasta lo más hondo del túnel.
Yo no quiero más depresión, más pastillas para la pena, más pepas para el insomnio. No quiero recetas ni terapias. Yo quiero caminar de largo y sin miedo, pero a tu lado.
Nunca fui una piedra, me quebré tantas veces y cubrí mi dolor con risas que no eran mías, con juergas que nunca me hicieron feliz, con letras de ficción que me comieron entera hasta el punto de convertirme en el más sórdido de mis personajes de cuentos impublicables.
Ahora quiero recuperar cada instante perdido.
Ya serán dos años desde que la descubrí, o mejor dicho desde que nos descubrimos. Ha pasado de todo, me ha soportado más de lo merecido y no tengo muchas palabras, porque cuando la tengo al lado solo quiero sus besos, su protección, su amor desmedido y su ley.
De rodillas, como debe estar uno cuando solo mete la pata, le pido que me brinde una oportunidad.
(Sé que me dirás que sí amor, pero solo ruego que tu amor por mí se haya mantenido intacto en medio de esas tormentas que te hice pasar. Que nada haya cambiado ese sentimiento inmenso que me lo gané, porque me lo gané. Al comienzo no me querías nada y ahora sé que me amas, que me adoras... Y si dices que No, miraré a tus ojos y sabré que tu corazón es mío, que ya no puedes seguir sin mí. Pero sé también que por más amor que me tengas sabrás mandarme a volar si te sigo hartando, así que te juro que ya no más, ya no más penas... Dame tu mano y ven conmigo)
No voy a rezar ni voy a llorar. Solamente seguiré el rumbo del amor, esperaré el día de mi cumpleaños con la esperanza de disfrutarlo de verdad, como hace mucho no me pasa. No me compraré una fiesta como en otros años. No me compraré un regalo y se lo daré a otra para que siquiera lo envuelva. No, ya no.
Solo quiero estar tendida en mi cama, sintiendo su calor, mirando sus ojos que sí me aman, poniendo mi pierna sobre la suya, durmiendo en su pecho. No espero más que amor al cuadrado. Hace unos días escuché esa canción de Sabina y Paez en la que ambos dicen: dormir contigo es estar solo dos meses/ es la soledad al cuadrado.
Hace seis años o más canté esa puta canción, convencida de que me había condenado a un falso amor. Seguí, y seguí cantando las mismas tristes canciones, con la soledad y la pena al cuadrado. Ya no quiero más eso. Es una promesa. Es un compromiso. No seré más ese ser triste y estúpido que durante años se impuso a la mujer alegre que alguna vez fui.
De aquí en adelante no lloraré más y si lloro espero que sea por una buena causa, y no por tantas tonterías como las que marcaron mi descalabrado y nada admirable pasado.
Simplemente quiero ser feliz. Una vida sin soledades al cuadrado, sin falsas ilusiones, sin amores al paso para llenar lo que no me llenaba. Ya no más.
En unos días cumpliré 33 años. Y me llega esta edad con una persona excepcional a la que no quiero perder, por la que ahora debo de luchar porque la he cagado demasiado. Pero tiene mi corazón y tiene la fuerza que me ha dado haber caído hasta lo más hondo del túnel.
Yo no quiero más depresión, más pastillas para la pena, más pepas para el insomnio. No quiero recetas ni terapias. Yo quiero caminar de largo y sin miedo, pero a tu lado.
Nunca fui una piedra, me quebré tantas veces y cubrí mi dolor con risas que no eran mías, con juergas que nunca me hicieron feliz, con letras de ficción que me comieron entera hasta el punto de convertirme en el más sórdido de mis personajes de cuentos impublicables.
Ahora quiero recuperar cada instante perdido.
Ya serán dos años desde que la descubrí, o mejor dicho desde que nos descubrimos. Ha pasado de todo, me ha soportado más de lo merecido y no tengo muchas palabras, porque cuando la tengo al lado solo quiero sus besos, su protección, su amor desmedido y su ley.
De rodillas, como debe estar uno cuando solo mete la pata, le pido que me brinde una oportunidad.
(Sé que me dirás que sí amor, pero solo ruego que tu amor por mí se haya mantenido intacto en medio de esas tormentas que te hice pasar. Que nada haya cambiado ese sentimiento inmenso que me lo gané, porque me lo gané. Al comienzo no me querías nada y ahora sé que me amas, que me adoras... Y si dices que No, miraré a tus ojos y sabré que tu corazón es mío, que ya no puedes seguir sin mí. Pero sé también que por más amor que me tengas sabrás mandarme a volar si te sigo hartando, así que te juro que ya no más, ya no más penas... Dame tu mano y ven conmigo)
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