16 de octubre de 2007

LEE


Ya quisiera tener la suerte de algunos. Dormir, comer rico (no engordar), y no trabajar. De vez en cuando escribir algo que me provoque, y tomarme unas cervezas sin pensar en resacas. Ya quisiera tener la suerte de algunos que no piensan en el mañana, que no temen la muerte, que no se agotan nunca, que viven la vida sin mirar atrás.
Los años me han enseñado a pensar demasiado, y no sé si eso es bueno o malo, solo sé que ello no es tan saludable. Te duele la cabeza, y se te quiebran las fuerzas.
Estar bien es un objetivo, una meta diaria. No es fácil vencer el estrés y la pena. No es fácil llevar por la vida una sonrisa. Hay tantas cosas que impiden a uno sonreír. He aquí las cosas que odio las 24 horas del día.
-Los taxistas. Nunca quieren ir ni a la esquina, nunca tienen sencillo, cobran lo que les da la gana y encima no se toman la molestia de limpiar su carro.
-Las cajeras (De Metro, Tottus, Wong, Sodimac, Ace, Ripley…). Sonríen y son inútiles por naturaleza. Quisiera que las más guapas sean la excepción, pero no puedo. La estupidez que ostentan me nubla la visión. De pronto, dejo de mirar el escote de sus blusitas y me pregunto por qué no tengo una pistola y les perforo el corazón.
-Los guachimanes. Siempre tan pegados a la letra. Odio que me pidan abrir mi cartera y a la hora de la hora ni siquiera husmeen bien. Jamás se dan cuenta de que llevo una bomba.
-Los gordos y las gordas. Ya suficiente conmigo. No soporto gordos en las colas, gordos en la combi, gordos en el trabajo, gordos en la calle… No tendría un (a) gordo (a) en mi cama. Y si alguna vez lo tuve, fue ayer y no me acuerdo.
-Los que tienen un celular más bonito que el mío. Los envidio terriblemente. Ruego que se les raye la pantalla como a mi se me rayó, que alguien se los arrebate en la avenida Emancipación, que se les pierda (y caiga en mis manos)… Ruego que mi celu no pase de moda, pero ya está pasando.
-Las parejas tacañas. No soporto que no me den regalos, que no me compren tonterías, que no me paguen el taxi de vez en cuando, que siempre digan A MEDIAS, como si esa palabra pusiera fin a su absurdo ahorro.
-Los que recuerdan hazañas de antaño. Esos que viven del pasado (como yo), contando lo que hicieron y dejaron de hacer, como si todo tiempo pasado fuera necesariamente mejor.
-Los que tienen más amigos y vistas en su HI5.
Ah.... Odio a Alan García, odio a Pilar (por los cuernos), odio a Daysi Ontaneda (por arruinarle la vida a Paula Marijuán), odio a Rosa María (por asumir que su programa es un juzgado con reos en cárcel), odio la voz impostada de las reporteras de la tele, odio la voz agitada de los reporteros de la radio, odio a cierto tenor y a cierto personaje de la Gran Sangre, al cual no encuentro gracia. Odio las grabadoras, amo mi Mp3, pero quiero uno mejor, por eso lo estoy odiando en estos días. Odio mis carteras, porque nunca son lo suficientemente grandes, y cuando son grandes son insoportablemente feas.Odio mis zapatos porque nunca duran. Odio mis sortijas porque se me pierden. Odio que mi gata más querida me mire, a veces, con odio.

18 de julio de 2007

Siete razones para salir del clóset


1) Para sentirte cien por cien libre.
2) Para que ninguna desgraciada (o) te chantajee.
3) Para que puedas mirar a los ojos a cualquiera sin miedo a que te descubran.
4) Para no ir por las ramas cuando tienes que hablar de amor.
5) Para no inventarte novios o novias de vez en cuando.
6) Para no dar explicaciones por tu prolongada soltería.
7) Para no inventarte viajecitos a Chaclacayo cada vez que te provoque pasar un fin de semana con tu amor.
(La ilustración es de la brillante Sheila Alvarado)

15 de julio de 2007

Siete razones para ser infiel





Querer sentir que no estás tan mal, a pesar del paso de los años (que no perdonan)
Querer probar carne nueva antes de que te aplaste una combi.
Querer escribir un libro sobre tus aventuras sexuales.
Despertar los celos en tu pareja.
Tener algo que contar.
Buscar a la mujer perfecta.
Acumular material para mejores (y más) sueños eróticos.

La invasión de los BI

Te gusta la fresa y el chocolate. No te pones de acuerdo, convencido ya que dos son tus sabores. Ser bisexual es lo más 'in' en estos tiempos. Dicen que disfrutas más y mejor, lejos de los extremos y de los corsé de la homosexualidad y la heterosexualidad. Eres un chico o chica de temporadas. Tienes tu temporada lésbica, tu temporada 'straight' (hetero), tu temporada 'mix' (días gays, días heteros.), tu temporada 'vale todo'.No soporto a los falsos BI. Creo que mi bifobia nació en el Downtown de Miraflores, point de ambiente invadido de chicas y chicos preciosos que se ponen zapatos y sonrisas BI para sentirse estrellas por unas horas. En Asia -Eisha, para los que se alucinan 'in'- nos topamos con gentita BI dispuesta a hacer notar el sello BI. En Lima, la bisexualidad ha comenzado a abandonar su estado invisible. Algunos BI creen que el beso entre Madonna, Britney y Cristina Aguilera marcó un antes y un después. Este podría ser el lado más frívolo del asunto. Es absurdo que las celebridades marquen hasta tu pauta sexual. Sin embargo, no podemos dejar de aceptar que después de un gran destape viene otro y otro. No estás en la pantalla grande, no hay alfombra roja y no tienes la boca de Angelina Jolie, pero te provoca dejar el mundo de las apariencias. Y aquí no cuenta la boba moda del Downtown o de Asia. Aquí cuenta que ya te cansaste de dar explicaciones sobre por qué pasaste dos años con un hombre, pensando hasta en casarte, para luego andar por la vida con una amiga que -de la nada- acabó siendo tu MEJOR AMIGA. Y quién sabe lo que vendrá después, pero te calientas cada vez que un chico guapo cruza tu horizonte visual. Eres bisexual, y qué.


El sociólogo Martin Weinberg explica que una persona es bisexual cuando siente atracción sexual por ambos sexos. En su investigación Atracción dual, Weinberg concluye que buena parte de bisexuales es casada. La típica doble vida. Esta preferencia sexual sigue siendo motivo de estudios e investigaciones. Hay quienes creen que simplemente se trata de una homosexualidad en la que vale todo, hasta el desliz de una temporada 'straight'. Algunos expertos afirman que el hombre bisexual es, en el fondo, un homosexual que se niega a admitir su opción. Las mujeres bisexuales, en cambio, serían heterosexuales que están explorando nuevas fuentes de placer. No hay consenso, pero se advierte que el bisexualismo es un comportamiento más común que el homosexual. Lo menos frecuente en estos tiempos es que alguien sea exclusivamente homosexual. w w wLos bisexuales son uno de los grupos de mayor riesgo en cuanto a Infecciones de Transmisión Sexual (ITS) y Sida. Quizás porque, cuando uno es gay o hetero, su entorno lo sabe y lo tiene clarísimo. El bisexual mantiene esta preferencia en privado. Nadie sabe nada hasta que llega el día de la revelación, el cual -además- puede ser después de varias copas encima. El sexólogo chileno Antonio Salas describe al BI como una persona que no tiene los objetos claros en su cabeza, que busca tapar esta condición y no la reconoce por un tema moral. Hay demasiados prejuicios en torno al mundo BI (www.opcionbi.com). Se dice, por ejemplo, que son infieles por naturaleza. Mentira. Los BI no necesitan un hombre y una mujer al mismo tiempo. Viven etapas con uno y con otro, como tú -heterosexual militante-, que hoy amas a Mary y mañana, a Pilar.w w wPatea con los dos pies. Esa es la frase que se usa cuando uno se refiere a un bisexual. Yo pateo con los dos pies, pero no soy BI. Al parecer, sigo siendo parte de una minoría sexual. Los estudios del maestro Alfred Kinsey refieren que la población parece ser, al menos, ligeramente bisexual. La mayoría tiene cierta atracción hacia ambos sexos, aunque se suele preferir uno de ellos. De acuerdo con Kinsey, entre un 5 y un 10 por ciento de hombres y mujeres en el mundo es completamente heterosexual, y entre un 5 y 10 por ciento, totalmente homosexual. Kinsey llegó a la conclusión de que el resto (entre un 80 y un 90 por ciento) de los hombres y mujeres era BI. Ser bisexual es tan complicado como ser de cualquier bando políticamente incorrecto. La bifobia a la que hago alusión líneas arriba y que -por cierto- es inofensiva (simplemente no me gusta, como no me gusta el chifa. Eso no significa que vaya quemando chifas) alcanza, en el mundo y en la comunidad gay, niveles de intolerancia tan deplorables como la homofobia. Algunos gays y lesbianas los atacan por no definirse. En Boston, en Nueva York y en San Francisco, la lucha entre homosexuales y BI es brutal. "Nos ven como gays sin coraje para admitirlo", cuenta Piero en un foro de Internet, tras afirmar que los bisexuales son exiliados sexuales dentro de las comunidades gays que, supuestamente, pregonan la igualdad y la tolerancia a lo que el cuerpo y el alma quieran. El Movimiento Homosexual de Lima (MHOL) es, en ese sentido, más abierto y acogedor. En su web se remarca que su lucha es por los derechos civiles y políticos de los y las personas lesbianas, gays, BISEXUALES, travestis y transgéneros. En plena invasión BI, el reto es ser honestamente lo que te dé la gana. Deja las poses BI.

11 de julio de 2007

Este jueves no



Este jueves no

I

Día muerto. Es jueves. El color de Lima por mi ventana solo me entristece más. Le llaman color rata o panza de burro por lo gris, pero yo diría que es el tono lo que entristece: un tono sin brillo, sin luz, opaco. De solo mirar te hundes, te sientes desgraciado, extrañas el verano, añoras lo poco que tenías. Las ilusiones siempre tan frágiles se hacen añicos. (¿Qué haré con mis gatas? ¿Bastará una llamada acaso para que alguien se las lleve y las abrace como yo las abrazaba).
Correré las cortinas y no miraré más por la ventana. Este debe ser el último día de nuestras vidas, mi amor. Espero que no retrocedas, que me sigas, que dejes de inventarte una felicidad que jamás existió. Mátate conmigo. O miénteme, aunque sea en el momento final. Miénteme a última hora. Vomita las pastillas sin que yo me de cuenta. Hazme creer que morirás conmigo, que nos iremos juntas, que no habrá más vida ni para ti ni para mí. Mátate conmigo.

II

-¿Cuándo empezaste a sentir eso que llamas morir de a pocos?–preguntó el psicoanalista, mirando el reloj, como si quisiera escapar de la jaula de los locos. Es un hombre delgado, de ojos saltones, cabello refregado en gel. Los lentes de marco negro le dan cierto aire intelectual. Sus manos se mueven como si tuvieran vida propia y fueran independientes de su cuerpo filoso.
- Cuando descubrí que ella me mentía– respondí, convencida de que yo no era culpable de esta tristeza prolongada y crónica. Me acomodo en la silla, miro el cuello de la camisa del doctor y recuerdo lo mal que ella planchaba mi ropa, y lo bien que planchaba la suya.
-¿Cuándo fue eso?–interrogó–, y de pronto regresé de golpe a mi realidad de canciones arráncame la vida, clávame tus puñales, ya es demasiado tarde princesa, tu amor me hace bien, llama por favor, la copa rota.-Hace diez años o más. Tenía 21 años. Fue amor a primera vista…
-¿Crees en el amor a primera vista– preguntó con evidente ironía. Con sus manos independientes de su cuerpo moviéndose de aquí para allá.
-Creo–, dije, avergonzada.
-¿Y por qué? ¿A ver dime cuál es tu concepto de amor a primera vista?
-Fue como si me hubiera caído de cabeza, como si hubiera estado en coma mucho tiempo… De pronto, despiertas y sientes que el asfalto no es más que una nube planita.
–A ver, dejemos los poemas...–murmuró.
Cuando la vi sentí que ya no tenía que buscar a nadie más. Quería vivir y morir en sus brazos. La amé esa noche, sin siquiera tocarla. Me enamoré sin razón y sin argumentos. De su imagen, de lo que transmitía al caminar, al mirar, al sonreír. Supe que ella sería mi tortura, supe que nada me apartaría de su amor. Me fui a mi casa, convencida que no saldría de mí. Como una bala, como un puñal.
-Y en esos diez años solo estuvo ella en tu vida o tuviste otros amores?
-Tuve muchos amores. Bueno, aventuras, relaciones, ilusiones… Pero ninguna persona causó el impacto que ella causó en mí. Por ninguna mujer he llorado tanto. A nadie he deseado tanto. A nadie he adorado tanto. Fue la luz de mis ojos. A su lado sentía que tenía todo.
-¿Y por qué nunca funcionó?–, preguntó, ahora más interesado.
-Porque nunca me amó. Y lo peor, doc, fue que ni siquiera supo mentirme. Si me hubiera mentido yo no estaría aquí, estaría en mi casa de fantasía, con ella a mi lado, dejándome engreír aunque sea por interés.
-Es su obsesión. ¿Conoce usted la diferencia entre amor y obsesión?
-El amor te debe hacer feliz, porque da confianza, seguridad, paz… La obsesión es una fijación. Te hace infeliz. Te desespera, te mata…
-La obsesión y el amor a veces se parecen…La obsesión se basa en la inseguridad, en un absurdo sentido de pertenencia sobre el ser supuestamente amado. Bueno, por hoy hemos terminado–, dijo.

Es una obsesión, es una obsesión…
Mientras caminaba por la avenida Wilson, escuchando las arengas de las maestros del Sutep me pregunté por qué siempre tenía extremo cuidado al cruzar la pista. ¿Acaso no me quiero matar? ¿Acaso no sería más fácil tirarme contra las combis que tomar pastillas?

III

Mi obsesión tiene rostro, nombre, apellidos, piel, cicatrices. Es una mujer que existe, no es una fantasía. Es casi perfecta. Su único defecto: no me ama. Por eso, hoy, después de tantas noches de insomnio, de tantos días de angustia, debo decidir si matarme, matarla o pedirle que se mate conmigo.
“Ninguna de las anteriores”, dice mi amiga Ana, mientras fuma un cigarrillo mentolado y toma lentamente la cerveza que he puesto en sus manos.
No quiero más diagnósticos. Sé que tengo más de lo que otros tienen para ser feliz, pero –a diferencia de los otros– para mi nada es suficiente si ella no está a mi lado. Extraño su sonrisa, siempre triunfante, como si ganara todas las batallas. Extraño su manera de dormir, su aliento de mañana, su cuerpo tan cerca y siempre tan lejos. Sea como sea, la extraño.
–No quiero más diagnósticos, Ana– imploro. Ana me mira seria, no sabe qué hacer para alegrar mi vida. En unos minutos llegará su pareja al departamento. Entiendo que no podré seguir hablando o murmurando mis cosas. Jenny no tolera mi pesimismo, mis frágiles ganas de vivir, mi obsesión por Alicia, mi dolor. Le basta decir: “Esa es una puta”. Con esa frase da por concluida la conversación. Jenny cuida su estado de ánimo como un gran tesoro. No permite que nada le quite la sensación de estar 100% bien. A veces quisiera ser como ella. Es sagitario igual que yo, nacimos con apenas tres días de diferencia, pero no nos parecemos en nada. Ana ama a Jenny por su alegría infinita, aunque posiblemente falsa. ¿Acaso alguien puede ser feliz las 24 horas del día de los 365 días del año? Pues Jenny dice que ella lo es. No le creo. Pero su falsa alegría se parece tanto a la alegría de verdad que mejor no dudar. No vale la pena malograr sus sueños.
Llega Jenny. Irrumpe en el departamento como un rayo. Su presencia todo lo ilumina. Cierta vez hice el amor con ella, recuerdo sus palabras y su alegría. Yo me sentía tan triste por haber sido infiel a mi amor y a Ana, pero a Jenny nada le lastimaba, ni siquiera haber traicionado a su pareja. Así es Jenny. Podría decir que es la mujer más fría y calculadora del mundo, pero –al mismo tiempo– está llena de detalles que la hacen ver la más tierna del planeta. Esa tarde llegó a mi casa con dos rosas, una para Ana y otra para mí.
Le dio un beso en la boca a Ana, y a mi me abrazó fuertemente, como quien da el pésame. Bueno, en verdad, todos me abrazan como dándome el pésame. Saben que hace mucho estoy de luto. Ana y Jenny se van a bailar. Es ladys night en la discoteca que frecuentan. Me invitan. Yo, por supuesto, no quiero ir. Les ruego que se vayan, es jueves, un día muerto para mí. Fue jueves el día que conocí a Alicia. La conocí en el lugar donde ahora bailarán Ana y Jenny. Les digo que bailarán sobre mi tumba y Ana me mira, como si el corazón se le estuviera rompiendo. Jenny sonríe. “No me molestaría bailar sobre tu tumba”, suelta. Y me desordena el cabello, me acerca a su cuerpo, y me susurra: “No llores hoy”.
Otra vez estoy sola. Mis cuatro gatas duermen acurrucadas. Marco el número de Alicia. Mátate conmigo, le diré. Contesta, contesta, contesta por favor.
-Deje su mensaje, tututu…
La maldigo. Comienzo a llorar. Es jueves. Casi la misma hora de aquel jueves que la conocí. Ella no está aquí. Ni estará más. He tomado una decisión: bailar sobre su tumba.
-A San Borja, señor. Aviación y Las Artes.

IV

¿Qué es ser lesbiana en el Perú? Voy a dar un manifiesto, me sacaré la máscara y diré lo que pienso. Jenny, Ana y dos chicas más se animan a escucharme. Comienzo:
Al común de la gente le gusta el chocolate. Yo lo detesto. No hay más debate. Simplemente no me gusta el chocolate. Soy lesbiana, me gustan las mujeres. ¿Con quién tengo que debatir lo que busca y ansía mi cuerpo? Ni mis padres ni mis hermanos tienen derecho a juzgarme. Y menos mis vecinos, conocidos o circunstanciales transeúntes. Yo acepto que mi mamá detesta a los gatos, porque ella no podría aceptar que detesto los penes de carne (los pene vibradores, bienvenidos). Yo acepto mil cosas de los demás, porque ellos no podrían aceptar mis preferencias.
Ser lesbiana no es nada del otro mundo. La obsesión de ciertos colectivos por hacer ver que las lesbianas son unos seres esenciales y trascendentales en la sociedad civil solo contribuye a crear más homofobia. Por el solo hecho de marchar como diferentes ya nos estamos diferenciando. Por qué no hacemos las cosas más fáciles y caminamos en la misma fila que las mujeres simples y corrientes. Por qué tenemos que reclamar visibilidad y respeto. La visibilidad y el respeto se lo merecen todos los ciudadanos. Basta ya de arengas absurdas. Somos mujeres que amamos mujeres. Eso es todo. No hay necesidad de armar grupos, colectivos, frentes. Basta de demagogia. Parece que quisiéramos una curul. ¿Y qué queremos en realidad? “Un culo”, responde Jenny. “Un culo con corazón”, agrego. Lo mismo que buscan los heterosexuales. Nadie quiere solo un corazón. También quieren buen sexo. Por eso, lo del culo con corazón es sinceramente brillante.
Sin darme cuenta he comenzado a bailar sobre la tumba de mi ex amor. Pareciera que lo he superado ya. Así de golpe. La amé de golpe, la olvidé de golpe. Jenny sabe que estoy mintiendo. Ana sabe que estoy mintiendo.
Lo cierto es que ha pasado otro jueves, y lejos de llorar me he puesto divertida y alegre, como si el cóctel del Dominium y Neuryl 0,5 comenzaran a hacer efecto en mi torturado cuerpo. Quiero morir, pero este jueves no.

13 de marzo de 2007

Ana, la NN

Corre. Le dijo corre, pero Ana se detuvo y la miró. Me quedo contigo, no importa lo que pase. Estaré aquí, te cuidaré. Un balazo le perforó el corazón. Cayó sobre el asfalto mojado por la lluvia, brilloso como un espejo. Su cabello negro le cubrió la mitad del rostro. Sus labios se cerraron. Sus ojos todavía abiertos no tuvieron tiempo para despedirse con esa mirada que le decía cada noche del adiós “no me he ido, estoy tatuada en tu piel”.
Unas sombras alargadas se perdían a bordo de un auto que también era una aparición de esas que sólo se distinguen nítidas en el insomnio. El silencio era pesado. La neblina densa, capaz de cortarse a navajazos. La sensación de haberlo perdido todo parecía in-creíble. Qué pasó, se preguntó Andrea. Demasiado tarde, ya había pasado. Y Ana yacía a sólo unos metros de sus botas. Dije corre, se repetía. Y por qué lo dijo. No lo sabía. Fue instinto. Algo espontáneo que le salió de adentro cuando presintió que esos pasos acelerados tras de ellas eran una mala señal. Pero no corrió con Ana. Quería desafiar al destino. Y ese estúpido reto le arrebató en segundos al amor de su vida.
No era únicamente ganas de ir contra el tráfico. Era algo más intenso. Qué. Se acercó a Ana. Te dije corre, murmuró. Te lo dije porque sabía que algo malo pasaría hoy. Habíamos reído demasiado en el departamento, habíamos hecho miles de planes, habíamos soñado despiertas... Y eso no se perdona, princesa. Eso no se perdona en un país de mierda como el Perú. Las paredes escuchan, los vecinos envidian la felicidad ajena, los extraños te miran mal. Te lo dije. Te dije que te vayas.
Le abrochó los dos botones de la blusa. Por el apuro de la pizza Ana dejó sin cerrar su camisa. Tocó su rostro. No pudo definir si ya estaba fría, porque las manos le sudaban helado. Cerró sus ojos. Entonces quiso creer que las cervezas que no tomaron la habían tumbado al suelo, como tantas otras noches. Estaba ebria. Ya le pasaría, ya se pondría de pie, la abrazaría y le diría “hoy no me voy a mi casa, soy toda tuya”. El estridente sonido de una sirena la despertó de lo imposible. Se apuró en quitarle la billetera. Era mejor que fuera una NN, pensó en ese instante. A nadie le importaría. Su padre está ciego y muy viejo para andar en esos engorrosos trámites. La morgue, los estudiantes de Medicina de la San Marcos, los buitres, se llevarán su precioso cuerpo. No interesa. Yo me quedo con su alma. Al viejo le diría que Ana partió a España. Total, ese era su plan más inmediato. Podría ir cada mes a leerle las cartas que yo misma escribiría. Y hasta le mandaría un cheque. Es de Ana, señor. Ella jamás se olvidaría de usted. Podría pagarle una enfermera o mandarlo a un asilo decente, comprarle chocolates y cuidar que nunca le falten los puros habanos que son su delirio.
El sonido de la sirena dejó de perturbar la noche. Andrea creyó que la ruta de los policías era otra. En Lima pasan tantas cosas: a un ex marino lo lanzan de un puente sólo por oponer resistencia cuando pretendían robarle un celular/a un millonario lo secuestran camino a la iglesia/ un torero desaparece con 1,200 dólares después de juerguearse a morir en la Calle de las Pizzas/ un feto es encontrado debajo de la banca de un parque.
Una chica linda es noticia, pero no ahora que nadie escuchó el balazo. Mañana querrán saber todo de la NN. Se inventarán una historia descabellada. Nadie sospechará que la mataron por amor. Ningún periodista tendrá el mal gusto de escribir que esa mujer perfecta era lesbiana. A nadie se le ocurrirá que yo le disparé.
Nadie tendría que imaginar la verdad: que Ana me engañaba, que su amor era ficción, que sus tatuajes jamás me los dedicó, que su cuerpo me esquivaba, que sus despedidas cariñosas eran únicamente huidas. Que jamás me amó. Que yo era su perseguidora, su sombra perpetua, su tumba. Pero le dije corre. Y supuso que mi pistola no tenía esa bala maldita. Que yo jamás la lastimaría. Creyó en mí. Aunque no dijo “te cuidaré”, ni “me quedo contigo”. Sólo murmuró que yo era incapaz de apretar el gatillo. No calculó que esto ya estaba planeado. Y su muerte será mi paz. Me llevo su recuerdo, las risas que no me regaló, los sueños que no compartió a mi lado. Ya nadie me dirá: “Andrea, no sé amar... Quisiera amarte, pero no puedo”. Ya nadie susurrará a mi oído que tener sexo no es hacer el amor. Que tocarla un rato está bien, pero todas las horas, todas las noches, un vicio, una obsesión. Hoy dormiré mejor que esas noches cuando la esperaba. Ana ya no está.

-16 de julio del 2002
02 y 24 a.m
El amor con Laura


La conocí una tarde, fue algo que premedité con alevosía. Salí de la oficina a eso de las seis, hora punta, Lima una completa mierda, gris como la panza de mi gato castrado, inmunda como siempre a esa hora cuando los desechos de los transeúntes se han acumulado en cada esquina. Iba caminando por Cailloma, buscando con ansiedad un cuerpo que abrazar, alguien anónimo que me diera lamidas de falso placer.
Necesitaba desesperadamente a una mujer. Laura era parte de la escenografía, una más y sin embargo, más bella que cualquiera. Bella con ese halo de sucia maldita. Desafió mi mirada con una sonrisa que dejó ver los pocos dientes que le sobrevivían. Su cabello, negro y brilloso, llamó mi atención. Me imaginé, de pronto, acariciándola. Era flaca, desgarbada, como la hermana de mi gato Farinelli. La falda que apenas alcanzaba a taparle los muslos me hizo pensar que allí debajo podía sucumbir. Y me acerqué: ¿Cuánto? Quince soles, respondió. Pero no hagas roche, no suelo atender a lesbianas.
Vamos en un taxi, camino a Miraflores, quiere una pizza, seguro que quiere una pizza, pensaba, mientras ponía una de mis manos sobre sus piernas. Laura supo desde el primer momento que esta sería una faena distinta, no iríamos al hotel de la vuelta, saldríamos a dar un paseo, bailaríamos en una discoteca y quizás, si nada se tropezaba con nosotras, el amanecer nos sorprendería. Laura no hablaba, solo me miraba entre sorprendida y cachosa, todavía se preguntaba qué mierda hacía con una mujer a su lado. Bajamos en Larco, directo a una trattoria, devoró la hawaiana, chupó sangría y preguntó: ¿Y ahora? A mi casa, dije. A tu casa, bien a tu casa. Y cuánto me vas a pagar. Lo que quieras, lo que te de la gana. Y antes de enrumbar a mi guarida, paramos en Gitano. Irrumpió en la pista de baile como una pantera, le robó el show a los travestis, sus movimientos frenéticos y sensuales me hicieron saber que esa madrugada no dormiría. La besé en un rincón oscuro, cerca al bar, lejos de los ojos que censuraban esa extraña conquista de ladys night. Su lengua mojada y suave me atravesó con fuerza. Sentirla me hizo perder el pudor, la prudencia. Le estaba haciendo el amor, mientras otros brindaban y hacían esfuerzos por disimular el bochorno de la escena que estaba protagonizando. Mis dedos salieron de ella con torpeza. La volví a besar. Me importaba muy poco ese dicho de que a las putas no se les besa. Laura no era una puta. En sus labios sentí que podía necesitarme.
-Vamos a tu casa-susurró.
La cama, destendida y sitiada por mis felinos, la esperaba. Lo que pasó todavía no logro explicarlo aún. Todavía me intriga pensar si eso fue una batalla carnal, un duelo bestial. Acabé mordida y con arañones. Ella dormía, la vi especialmente hermosa. Tendría unos treinta años, quizás más. En uno de sus pies tenía una cicatriz de quemadura, la piel seca y arrugada, las uñas rojas y mal cortadas. Besé cada milímetro de su cuerpo desnudo y pálido. Le hallé un tatuaje: la balanza de Libra y una fecha: 15-10-69. Sesenta y nueve. Se-sen-ta-y-nue-ve, repetí en voz alta. Abrió los ojos, dijo: 32 años. Sus brazos, como tenazas, me estrecharon. Nuestros alientos a cerveza y ron se mezclaron en un ósculo húmedo y largo.
-Quédate todo el día aquí. No iré a trabajar, solo quiero tenerte, te pagaré lo que me pidas…
-No tienes nada que pagarme, la pasé bien y no tengo razones para irme, nadie me espera-dijo, con cierta pena que opté por ignorar.
Esa mañana le preparé el desayuno más delicioso de su vida. Comimos en la cama, era casi mediodía. Voy a engordar, susurró, mientras acababa con los cabanossis. No importa, le dije. Por la tarde, vimos películas mexicanas y hacia la noche, salimos a recorrer el malecón de Chorrillos. Laura tomó mi mano, no le importó la gente, no le importó. De regreso a casa, hicimos el amor. Esta vez la sentí tierna y melosa. Laura era otra. Luego hablamos de nuestras vidas.
Le conté que era periodista y que de vez en cuando, cada noche del insomnio, escribía cuentos. Quiso encender la computadora para leer mis relatos. Pero mientras yo conectaba el aparato, ella se dio la vuelta. Vi lágrimas asomar en sus ojos. Qué pasa. No quiero leer, soltó. Por qué. Bueno, no tienen que interesarte mis historias, repliqué, algo ofendida.
-No sé leer.
Entonces le propuse ser su narradora. Se acomodó en el sofá como una niña, cruzó las piernas y se alzó el cabello para dejar sus orejas libres. No tenía cuentos de hadas, en mis historias no había princesas, tampoco caperucitas rojas, solo lobas y feroces. Yo solo sabía hablar de putas.
-Mejor lo dejamos para otro día, Laura.
-No, no… Quiero que me leas. Nadie lo ha hecho jamás para mí.
Tragándome la vergüenza que la situación me provocaba, empecé con el primer relato: “Ana, la NN”. Eran apenas tres páginas, Laura no dejaba de mirarme. Esa Ana soy yo, dijo de pronto. No eres tú, mi amor. Pero se me parece demasiado. Quizás sí. Todas las putas se parecen, pensé. Y me llené de culpa por pretender compararla a cualquiera de esas. Pasé la madrugada, leyendo la historia de una tal Jennifer, de otra llamada Paola y de muchas otras que -a veces- solo eran una inicial. ¿Y por qué nunca nadie se llama Laura? No lo sabía, no se me había ocurrido. Dormimos unas horas, volvimos a despertar, los cuerpos sudados y entrelazados. No te irás, verdad. No te vayas.
Quiero aprender a leer. Quiero que me enseñes.
A ella le tocaba ahora contarme su vida. Era puta, ya lo sabía.
-Me metieron al negocio desde muy niña, mi madre y su marido pensaron que ese era mi futuro. Y ya. Nunca me he enamorado de nadie, lo único que he hecho en todos estos años ha sido tirar- Quiso reír, pero la sonrisa se hizo una mueca triste.
-He tenido algunos romances, pero nada importante. Un par de veces me he acostado con mujeres, me gustó más… Pero no soy lesbiana, no he tenido con quién-. Ahora sí se sonrío. Y me besó, y me besó, y cómo me besó.
Debo ir al trabajo unas horas, solo unas horas. ¿Podrás esperarme? No me iré, no tengo a dónde ir. No vuelvas a Cailloma, le pedí y mi pedido se escuchó como una súplica. Si me dices que no vaya, no iré. Me sentí su dueña y eso, a la vez que me fascinaba, me llenaba de terror.
Dueña de Laura.
Los días transcurrieron quietos, como agua de piscina en invierno. Laura daba de comer a mis gatos con un afecto que a veces yo no sabía tener por el cansancio del trabajo y la flojera. Ella se encargaba de preparar la sopa de hígados y patas de pollo. Ella le cambiaba la arena y a mi regreso, me contaba con lujo de detalles lo que hacían cada uno de los seis. Nunca tuve tanta paz como en esa temporada junto a Laura. Fueron solo seis meses
Un día, al llegar a casa, encontré una carta llena de garabatos: “No haprendí a leer. Lo siento”.
No supe qué hacer, salí corriendo sin rumbo conocido. Me perdí en los bares y calles de Lima, pregunté por ella y nadie tuvo qué decirme. Nadie la conocía, se la había tragado la puta Lima.
Mucho tiempo después, una mañana de invierno, una nota policial se estrelló en mi cara: Laura se había suicidado. Nunca supe por qué, la noticia era breve y fría como el hielo, escrita sin corazón por una reportera sin alma, una coleguita incapaz de conmoverse. Una puta que se da vuelta, que se cuelga de una viga y dice adiós al mundo cruel.
Mis esfuerzos por llegar a la verdad no me dieron ninguna pista. La policía cerró el caso al día siguiente. Un suicidio como tantos otros. No había familia, ni nadie. Solo yo. La única que pudo decir que esa cicatriz fue mía. Pude enterrar su cuerpo y ponerle flores. Y me quedé con el final incompleto Qué le pasó a Laura, hasta hoy me lo pregunto. Acaso no la hice feliz, acaso no le di todo mi amor.
Una noche, de insomnio, alcancé aturdida una confusa conclusión: Laura sí había aprendido a leer y leyó, quizás, un cuento, el único que escribí sobre ella y el único que no le leí. Se llamaba “La chica de Cailloma”. Y aunque supongo que no entendió algunas palabras por rebuscadas y extrañas para su limitado léxico, creo que Laura pudo entender que a pesar del amor que le tenía, en los seis meses de relación me refugié en casa como si fuera una cárcel, ante el estúpido miedo de que me vieran con una mujer como ella: sin dientes, sin elegancia, sin estilo, sin clase. Eso lo decía en el maldito cuento. Lloré, lloré y lloré. Extrañé como nunca su cuerpo, extrañé su risa y busqué con premeditación y alevosía la pistola que siempre durmió debajo de mi almohada.

17-setiembre-2002