
Ella está sentada en su cómoda silla. Yo estoy mirando mi iPhone, pero la escucho.
Ella pregunta qué espero de una mujer y toma nota.
Me gustaría despertar todas las mañana a su lado. Podemos darnos la espalda a la hora de dormir, pero al abrir los ojos me gustaría contemplarla y decirle: “Qué lindo día” o “Será un día de mierda”.
Me gustaría pasar el café por las mañanas, mientras ella mira si no me olvido nada en la cartera.
Me gustaría que ame profundamente a mis gatas como yo. Y si por cosas de la vida no las ama tanto, por lo menos, me encantaría saber que las acepta y las cuida porque son mi adoración.
Me gustaría que al llegar el fin de semana, ella y yo tengamos muy claro que sábado y domingo son para las dos.
Me gustaría que entienda mi pasión por las cosas que a diario hago, que no las menosprecie, y que me apoye cuando me vea desesperada, en angustia o sin ánimos.
Me gustaría que reviva mi pasión por la cocina.
Me gustaría que sea honesta con sus sentimientos, que no me mienta, que maneje mis iras y me transmita calma.
Me gustaría que proyecte su futuro a mi lado. Que diga NUESTRO futuro.
Me gustaría que entienda que soy un fosforito, que mi rabia dura cinco minutos y luego me mato de la risa.
Me gustaría que considere que las dos somos una fuerza, una pareja, una familia.
Me gustaría que no guarde rencores.
Me gustaría que me contagie de su alegría.
Me gustaría que ordene mis libros.
Me gustaría que me aparte un poco de la computadora, y me acerque a su piel.
-¿Hay algo más que esperas?-pregunta la doctora.
-Todo podría resumirse en la palabra felicidad. Ser feliz no es estar con la sonrisa en la cara todo el tiempo. Ser feliz es encontrar en quien amas tu refugio, tu paz y tu calma.
-¿Sientes que eres feliz?
Ella apunta mi respuesta.
Abandono el consultorio pensando si le mentí o si le dije la verdad. Enciendo un cigarrillo en el taxi, veo las calles sucias de mi ciudad, me lleno de tristeza por lo gris que es todo. Quisiera bajarme del carro y correr. Quisiera dejar de castigarme con preguntas, entrar a un bar como en los viejos tiempos y conversar con un amigo o con una amiga. Me gustaría que ello ocurra al mediodía, en el Juanito de Barranco, por ejemplo. Y luego terminar en Chorrillos, mi barrio, mi sitio, libre de pesadillas, nostalgias, culpas e ilusiones muertas.
Pero al regresar a la realidad me encamino al Centro de Lima, donde el caos me empuja. La vida sigue con su ritmo demoledor, y ya no sé hasta cuándo.