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6 de octubre de 2009

Cuando tenía 20 años



Quería acostarme con todas las chicas que se cruzaban en mi camino.

Quería beber hasta que cierre el bar.

Quería aprender a bailar.

Quería tener mi billetera llena de dinero para las noches locas.

Quería una computadora y un beeper.

Quería firmar mis notas en el diario.

Quería escribir cuentos sórdidos.

Quería hacer un trío con dos chicas de cabello negro.

Quería enamorarme perdidamente de una mujer llamada Alejandra (que solo existía en Sobre Héroes y Tumbas de Sábato).

Quería un departamento.

Quería ser ‘mamá’ de una gata.

Quería tomar café como los grandes.

Quería un equipo de música, y una tele a color.

Quería mandar a la mierda a toda mi familia.

Quería recibir cartas de amor.

Quería dormir a las 5:00 a.m., y ver el amanecer con un cuerpo desnudo al lado.

Quería hacerlo en la playa, de noche, y tomando sangría o vino en caja.

Quería terminar la universidad y conocer el éxito.

Quería escaparme con alguna chica fuera de la ciudad y decirle Te amo sin amarla.

Quería preservar mi rol de activa en la cama.

Quería grabar en un casete canciones de amor.

Quería pintar las paredes de mi habitación de rojo.

Quería fumar una cajetilla de cigarros sin ahogarme.

Quería una reconciliación de película, en plena calle, rodeada de autos y de gente que se conmovía y espantaba ante la cursi e inusual escena en la Lima pacata de los 90.

Quería recordarle todos los días a mi madre que era independiente gracias a mi trabajo.

Quería todas las botas rudas del mundo.

Quería tropezarme con todos los errores hasta aprender la lección. ¿Cuál? La de la vida, esa que desconocía, y que en el fondo me daba menos miedo que hoy a los 34.

4 de enero de 2009

¿Heterosexual? No, gracias.



Nos reunimos cada cierto tiempo. Yo soy la única lesbiana del pequeño grupo. Ellas hablan de sus novios-maridos, y yo de mi novia, de mis ex novias y en casos extremos también hablo de mis futuras novias. Ellas y yo analizamos las cosas más estúpidas y lúcidas, pero, sobre todo, chismeamos del mundo entero. Cervezas, ron o vino acompañan la noche.

En una de esas reuniones se produjo este diálogo:

-¿Te acuerdas de X? 
-Claro, ¿qué le pasó?-, pregunto, interesada.
-Se volvió lesbiana-dice mi amiga.
-¡Nooooo…!-, exclama la audiencia entera.
-¿Cómo así?-dice alguien. Y pienso que es la misma pregunta que algunos hacen cuando te dicen que el señor tal se hizo evangelista, mormón o budista.
-Pues nada. Se volvió lesbiana. Se enamoró de una mujer, y está feliz-responde la autora del chisme.


Recuerdo a la señorita X con cariño, y casi podría relamerme los labios. Era el culo más bonito que circulaba en las redacciones de los 90, cuando yo era practicante de periodismo, y miraba los culos con timidez de lesbiana recién estrenada. Solía enterrar los ojos en mi libreta de notas, y apenas los alzaba para confirmar que seguía allí.

Todos coincidimos en esa época: era el culo más bonito del diario. No sé qué fantasías me perseguían en ese tiempo, pero la señorita X era heterosexual y yo no era mujer para esas batallas, así que me fijé justamente en una chica sin culo, a la cual quise durante tres meses intensos. El culo y el lindo rostro de X pasaron a un segundo plano. Ojo: segundo plano no significa olvido.

Pero a lo que voy en este post es a un tema serio:  ¿Te enamorarías de una chica heterosexual? Me lo han preguntado muchas veces, y siempre respondo lo mismo: “No”. Como si una pudiera dominar su corazón, yo respondo que No, pero debo decir que hasta hoy no me he enamorado de una chica heterosexual. 

Puedo ser persistente, dulce y tener toda la paciencia del mundo con una chica lesbiana que ni siquiera me sonríe (aunque casi siempre prefiero lo seguro), pero con una heterosexual retrocedo, corro y me concentro en cualquier tema. Quizás porque me asusta sufrir la indiferencia de una mujer que jamás amaría a una mujer. Con una lesbiana, al menos, tengo el consuelo del ‘pudo ser’. 

Pero lo ocurrido con la señorita X me hace pensar que quizás he vivido en un error, como descubro todo el tiempo. 

Cuántas mujeres heterosexuales he descartado de plano solo por miedo a enamorarme, a sufrir, a verlas casadas con un hombre, a imaginar que el día menos pensado llegarán a casa para decirme que “no puede ser”. No, yo no he querido vivir esas historias, y por eso he prohibido a mi corazón y a mi cuerpo encandilarse con una chica straight. 

Todas mis mujeres han sido lesbianas convencidas. He competido con mujeres por el amor de una mujer, pero no con hombres. Y es que un hombre no es solo un hombre que quizás les brinde placer y amor. Para esas chicas que caen en una experiencia lesbiana y luego recuperan ‘el sentido’, un hombre es el pasaporte a la ‘normalidad’, la mejor forma de borrar ‘aquello’. Un hombre les dará apellido de casadas, hijos y una familia (feliz o infeliz, no importa). Claro, siempre habrá excepciones, siempre habrá chicas que –pese a su experiencia lésbica- terminan amando a un chico.

Hoy veo que también pasa que después de muchos años de casada, una mujer puede encontrar el amor y las ganas en una mujer, una mujer que quizás supo seducirla o que quizás llegó en el momento clave en que se toman las decisiones de ese tipo.  

Estrategia y paciencia me han faltado cuando una chica heterosexual se ha cruzado en mi camino. Hoy creo que ha sido miedo lo que me detuvo, el mismo miedo que me causa una chica bisexual. Llámenle cobardía también. 

No quiero, de todas formas, caer en la danza de los quizás y de los hubieras… Si quizás la hubiera invitado a salir, si quizás le hubiera dicho que su cabello es muy lindo, si quizás le hubiera escrito una carta de amor, si quizás la hubiera besado cuando puso su cara muy cerca de la mía, si quizás, si quizás…
 

10 de diciembre de 2008

Transformer


Soy yo, pero a veces –como en este instante- quisiera ser otra persona. Quisiera sacarme esta cara, toda la piel. Quisiera raparme, cortarme las manos, quedarme sin música, sin aliento. En este instante, yo pienso que quizás se puede. Para ser otra persona yo tendría que…
  • Reírme las 24 horas del día.
  • Despertarme peinada y feliz.
  • Llorar menos veces a la semana.
  • Odiar las Pringles de cebolla.
  • Detestar las computadoras.
  • Tener una balanza en el baño.
  • Apreciar a los taxistas de Lima.
  • Demorarme 20 minutos en la ducha.
  • No dar regalos a nadie.
  • Dejar los libros a la mitad.
  • Jamás revelar mi verdadero estado de ánimo en el Facebook.
  • Escuchar música electrónica.
  • Considerar el café como una amenaza a mi salud.
  • Formar parte de un grupo de oración, de un club, de una asociación sin fines de lucro, de una ONG, de un frente de lucha.
  • No posar en las fotos.
  • No mirar a las mujeres pasar.
  • Tomar la escoba y barrer diligentemente mi departamento.
  • Desconfiar de todo el mundo.
  • Invertarme otra personalidad.
  • Ser dulce como un caramelito.
  • Creerme lo máximo.
  • Ser fría, indiferente, egoísta.
  • Ser signo Geminis.
  • Ser virgen.
  • Besar con los ojos abiertos.
  • Ignorar al que me ignora.
  • Beber Champagne,
  • No rezar en el avión.
  • Amar las matemáticas.
  • No tener recuerdos.
  • Mirar con una sonrisa a las cajeras de banco y de supermercado.
  • Chequear mi correo electrónico dos veces por semana.
  • Soñar con conocer los Estados Unidos.
  • Ignorar las causas justas.
  • Pensar: “Pobre perrito” y quedarme con los brazos cruzados.
  • Menospreciar los blogs de chicos (as) a los que duplico la edad.
  • Tener el orgullo del tamaño del mundo.
  • Soñar con vivir en España.
  • Creer que mi gata no habla.
  • Burlarme del dolor de las rancheras.
  • Cantar canciones alegres.
  • Amar los deportes y la vida sana.
  • No ablandarme con la mirada de mi gata.
  • Dejar de pedir y de hacer favores.
  • Regresar de los viajes sin libros y sin souvenirs.
  • No creer que me quieren.
  • Querer morirme viejita, a los 88 años.
  • Disfrutar la soledad.
  • Llegar tarde a las citas.
  • Dormir hasta muy tarde.
  • Ser heterosexual.
  • Comprarme desesperadamente correas.
  • Preparar el desayuno después de un sexo fenomenal.
  • Creer en los roles: activo, pasivo, dama, caballero, moderno, etc…
  • Decir MI ESPOSA a mi pareja.
  • Soñar con monjitas.
  • No jurar por mi gata.



Que bella canción

25 de noviembre de 2008

Lesbiana, 34


A escasos días de cumplir 34 años he comenzado a reflexionar temas serios para cualquier lesbiana que se respete:
  • Tengo tantas ganas de hacerle el amor a mi novia en estos días que quizás me ha dado la adicción de base tres y medio, una peligrosa adicción que te consume desde la cabeza hasta más abajo, al punto que solo piensas en meterte a la cama con ella o en tomar prestada cualquier esquina. Mi novia piensa que es el verano y yo me siento rejuvenecida. Carajo, ¿alguien me está echando Viagra al café? No, es el verano que irrumpe en Lima con partículas de deseo para tomar y disfrutar.
  • He pensado seriamente que quizás cumpla el deseo de laciarme el cabello y poner fin a estos rulos de toda la vida que ya no quiero tolerar. Lo único que necesito es voluntad para sentarme una hora y media en la peluquería.
  • Creo que los 34 llegarán con menos torpezas en mi boca y en la punta de mis dedos. Sí, sobre todo en la punta de mis dedos, desde donde afloran las infamias que a veces escribo. Bueno, intentaré por ejemplo escribir menos de las tetas grandes y de las chicas también, trataré de no toparme con senos prominentes de casualidad, dejaré de decir CULO tantas veces al día y veré la vida con optimismo.
  • A los 34 me comprometo a no creer jamás en el Roaming Internacional y a leer las letras chiquitas de todos los putos contratos que firme, porque a los 34 una ya está grande.
  • Buscaré la manera de aprender inglés, aunque sea para entender esos nicks en inglés que ciertas mujeres colocan para despistar a especies inútiles como yo.
  • Admitiré con bastante elegancia que soy celosa, pero no me gusta que me celen. Odio ODIO que me digan: ¿Acaso te está interesando alguien? ¿No estabas fantaseando con ella? ¿Qué cosa hablaron? ¿Estás segura que no te gusta? ¿Me estás mintiendo? ¿Te gusta alguna de esas chicas que comenta tu blog? Odio estos interrogatorios, pero a veces me encanta hacerlos.
  • Regresaré a las discotecas a bailar así baile muy mal. Y al ingresar dejaré de encontrar defectos a la escenografía, a los tragos, a la música, a los zapatos de la gente, a los culos de los chicos, al baño donde las chicas se juntan para acomodarse sus benditos hilos dentales, a los drag queen y sus estúpidos disfuerzos ... Pensaré que es un espacio libre, donde todos podemos hacer el ridículo. De hecho, yo -a los 20 y pico- era la reina de los ridículos en el mismísimo Vale Todo, el sitio que me espera para demostrarle a mi pareja que soy complaciente, que en este lugar puedo bailar muy bien una salsa como la mierda electrónica que tanto le gusta.
  • Pensaré en serio en la posibilidad de cambiar de look completamente, pero completamente es completamente. He dicho: pensaré. Así que no me aborden por el msn para preguntarme si ya cambié. Estoy pensando. Solo pensando. No recibo sugerencias para no estresarme.
  • No retomaré mi curso de manejo, porque creo que mi estampida cerca del Marriot fu suficiente para condenarme a estar sentada al lado del copiloto, pero impulsaré a mi novia para que maneje y me lleve a la luna, aunque sea.
  • Sonreiré más seguido. Sí, ha llegado la hora de dejar la amargura y pensar que errar es humano. Y que yo soy recontra humana, demasiado para el gusto de la gran Vodka, la gata mayor que aprendió a abrazarme con los años.

Y:
  • Dejaré de pelearme con la conciencia nacional del país. Pobres, no tienen arreglo. Pobres, creen que vomitando basura marcan la agenda del país. Ay, la ingenuidad. ¿Por qué mierda quieren ser César Hildebrandt? César Hildebrandt para los que no son de Perú es un gran periodista, casi un juez agrio e intachable, al que nadie llega a los talones, pero que todos imitan, y encima muy mal. César Hildebrandt es impecable. Es el único tipo al que he entrevistado para luego llegar a la redacción y transcribir sus palabras sin siquiera agregar una coma, porque venían con comas, puntos seguidos, apartes y finales. Pero bueno: no me pelearé con nadie más. Así que me declaro espectadora pasiva (solo en este rubro). Antes, sin embargo, me permiten esta declaración: "Hey, plagiador, a mí no me digas lo que tengo que hacer. No me brindes lecciones de moral. No me enseñes a tener dignidad. No me digas: 'coleguita, el periodismo es así...". Y no encabeces campañas que ni siquiera tienes la decencia de cumplir".