11 de julio de 2007

Este jueves no



Este jueves no

I

Día muerto. Es jueves. El color de Lima por mi ventana solo me entristece más. Le llaman color rata o panza de burro por lo gris, pero yo diría que es el tono lo que entristece: un tono sin brillo, sin luz, opaco. De solo mirar te hundes, te sientes desgraciado, extrañas el verano, añoras lo poco que tenías. Las ilusiones siempre tan frágiles se hacen añicos. (¿Qué haré con mis gatas? ¿Bastará una llamada acaso para que alguien se las lleve y las abrace como yo las abrazaba).
Correré las cortinas y no miraré más por la ventana. Este debe ser el último día de nuestras vidas, mi amor. Espero que no retrocedas, que me sigas, que dejes de inventarte una felicidad que jamás existió. Mátate conmigo. O miénteme, aunque sea en el momento final. Miénteme a última hora. Vomita las pastillas sin que yo me de cuenta. Hazme creer que morirás conmigo, que nos iremos juntas, que no habrá más vida ni para ti ni para mí. Mátate conmigo.

II

-¿Cuándo empezaste a sentir eso que llamas morir de a pocos?–preguntó el psicoanalista, mirando el reloj, como si quisiera escapar de la jaula de los locos. Es un hombre delgado, de ojos saltones, cabello refregado en gel. Los lentes de marco negro le dan cierto aire intelectual. Sus manos se mueven como si tuvieran vida propia y fueran independientes de su cuerpo filoso.
- Cuando descubrí que ella me mentía– respondí, convencida de que yo no era culpable de esta tristeza prolongada y crónica. Me acomodo en la silla, miro el cuello de la camisa del doctor y recuerdo lo mal que ella planchaba mi ropa, y lo bien que planchaba la suya.
-¿Cuándo fue eso?–interrogó–, y de pronto regresé de golpe a mi realidad de canciones arráncame la vida, clávame tus puñales, ya es demasiado tarde princesa, tu amor me hace bien, llama por favor, la copa rota.-Hace diez años o más. Tenía 21 años. Fue amor a primera vista…
-¿Crees en el amor a primera vista– preguntó con evidente ironía. Con sus manos independientes de su cuerpo moviéndose de aquí para allá.
-Creo–, dije, avergonzada.
-¿Y por qué? ¿A ver dime cuál es tu concepto de amor a primera vista?
-Fue como si me hubiera caído de cabeza, como si hubiera estado en coma mucho tiempo… De pronto, despiertas y sientes que el asfalto no es más que una nube planita.
–A ver, dejemos los poemas...–murmuró.
Cuando la vi sentí que ya no tenía que buscar a nadie más. Quería vivir y morir en sus brazos. La amé esa noche, sin siquiera tocarla. Me enamoré sin razón y sin argumentos. De su imagen, de lo que transmitía al caminar, al mirar, al sonreír. Supe que ella sería mi tortura, supe que nada me apartaría de su amor. Me fui a mi casa, convencida que no saldría de mí. Como una bala, como un puñal.
-Y en esos diez años solo estuvo ella en tu vida o tuviste otros amores?
-Tuve muchos amores. Bueno, aventuras, relaciones, ilusiones… Pero ninguna persona causó el impacto que ella causó en mí. Por ninguna mujer he llorado tanto. A nadie he deseado tanto. A nadie he adorado tanto. Fue la luz de mis ojos. A su lado sentía que tenía todo.
-¿Y por qué nunca funcionó?–, preguntó, ahora más interesado.
-Porque nunca me amó. Y lo peor, doc, fue que ni siquiera supo mentirme. Si me hubiera mentido yo no estaría aquí, estaría en mi casa de fantasía, con ella a mi lado, dejándome engreír aunque sea por interés.
-Es su obsesión. ¿Conoce usted la diferencia entre amor y obsesión?
-El amor te debe hacer feliz, porque da confianza, seguridad, paz… La obsesión es una fijación. Te hace infeliz. Te desespera, te mata…
-La obsesión y el amor a veces se parecen…La obsesión se basa en la inseguridad, en un absurdo sentido de pertenencia sobre el ser supuestamente amado. Bueno, por hoy hemos terminado–, dijo.

Es una obsesión, es una obsesión…
Mientras caminaba por la avenida Wilson, escuchando las arengas de las maestros del Sutep me pregunté por qué siempre tenía extremo cuidado al cruzar la pista. ¿Acaso no me quiero matar? ¿Acaso no sería más fácil tirarme contra las combis que tomar pastillas?

III

Mi obsesión tiene rostro, nombre, apellidos, piel, cicatrices. Es una mujer que existe, no es una fantasía. Es casi perfecta. Su único defecto: no me ama. Por eso, hoy, después de tantas noches de insomnio, de tantos días de angustia, debo decidir si matarme, matarla o pedirle que se mate conmigo.
“Ninguna de las anteriores”, dice mi amiga Ana, mientras fuma un cigarrillo mentolado y toma lentamente la cerveza que he puesto en sus manos.
No quiero más diagnósticos. Sé que tengo más de lo que otros tienen para ser feliz, pero –a diferencia de los otros– para mi nada es suficiente si ella no está a mi lado. Extraño su sonrisa, siempre triunfante, como si ganara todas las batallas. Extraño su manera de dormir, su aliento de mañana, su cuerpo tan cerca y siempre tan lejos. Sea como sea, la extraño.
–No quiero más diagnósticos, Ana– imploro. Ana me mira seria, no sabe qué hacer para alegrar mi vida. En unos minutos llegará su pareja al departamento. Entiendo que no podré seguir hablando o murmurando mis cosas. Jenny no tolera mi pesimismo, mis frágiles ganas de vivir, mi obsesión por Alicia, mi dolor. Le basta decir: “Esa es una puta”. Con esa frase da por concluida la conversación. Jenny cuida su estado de ánimo como un gran tesoro. No permite que nada le quite la sensación de estar 100% bien. A veces quisiera ser como ella. Es sagitario igual que yo, nacimos con apenas tres días de diferencia, pero no nos parecemos en nada. Ana ama a Jenny por su alegría infinita, aunque posiblemente falsa. ¿Acaso alguien puede ser feliz las 24 horas del día de los 365 días del año? Pues Jenny dice que ella lo es. No le creo. Pero su falsa alegría se parece tanto a la alegría de verdad que mejor no dudar. No vale la pena malograr sus sueños.
Llega Jenny. Irrumpe en el departamento como un rayo. Su presencia todo lo ilumina. Cierta vez hice el amor con ella, recuerdo sus palabras y su alegría. Yo me sentía tan triste por haber sido infiel a mi amor y a Ana, pero a Jenny nada le lastimaba, ni siquiera haber traicionado a su pareja. Así es Jenny. Podría decir que es la mujer más fría y calculadora del mundo, pero –al mismo tiempo– está llena de detalles que la hacen ver la más tierna del planeta. Esa tarde llegó a mi casa con dos rosas, una para Ana y otra para mí.
Le dio un beso en la boca a Ana, y a mi me abrazó fuertemente, como quien da el pésame. Bueno, en verdad, todos me abrazan como dándome el pésame. Saben que hace mucho estoy de luto. Ana y Jenny se van a bailar. Es ladys night en la discoteca que frecuentan. Me invitan. Yo, por supuesto, no quiero ir. Les ruego que se vayan, es jueves, un día muerto para mí. Fue jueves el día que conocí a Alicia. La conocí en el lugar donde ahora bailarán Ana y Jenny. Les digo que bailarán sobre mi tumba y Ana me mira, como si el corazón se le estuviera rompiendo. Jenny sonríe. “No me molestaría bailar sobre tu tumba”, suelta. Y me desordena el cabello, me acerca a su cuerpo, y me susurra: “No llores hoy”.
Otra vez estoy sola. Mis cuatro gatas duermen acurrucadas. Marco el número de Alicia. Mátate conmigo, le diré. Contesta, contesta, contesta por favor.
-Deje su mensaje, tututu…
La maldigo. Comienzo a llorar. Es jueves. Casi la misma hora de aquel jueves que la conocí. Ella no está aquí. Ni estará más. He tomado una decisión: bailar sobre su tumba.
-A San Borja, señor. Aviación y Las Artes.

IV

¿Qué es ser lesbiana en el Perú? Voy a dar un manifiesto, me sacaré la máscara y diré lo que pienso. Jenny, Ana y dos chicas más se animan a escucharme. Comienzo:
Al común de la gente le gusta el chocolate. Yo lo detesto. No hay más debate. Simplemente no me gusta el chocolate. Soy lesbiana, me gustan las mujeres. ¿Con quién tengo que debatir lo que busca y ansía mi cuerpo? Ni mis padres ni mis hermanos tienen derecho a juzgarme. Y menos mis vecinos, conocidos o circunstanciales transeúntes. Yo acepto que mi mamá detesta a los gatos, porque ella no podría aceptar que detesto los penes de carne (los pene vibradores, bienvenidos). Yo acepto mil cosas de los demás, porque ellos no podrían aceptar mis preferencias.
Ser lesbiana no es nada del otro mundo. La obsesión de ciertos colectivos por hacer ver que las lesbianas son unos seres esenciales y trascendentales en la sociedad civil solo contribuye a crear más homofobia. Por el solo hecho de marchar como diferentes ya nos estamos diferenciando. Por qué no hacemos las cosas más fáciles y caminamos en la misma fila que las mujeres simples y corrientes. Por qué tenemos que reclamar visibilidad y respeto. La visibilidad y el respeto se lo merecen todos los ciudadanos. Basta ya de arengas absurdas. Somos mujeres que amamos mujeres. Eso es todo. No hay necesidad de armar grupos, colectivos, frentes. Basta de demagogia. Parece que quisiéramos una curul. ¿Y qué queremos en realidad? “Un culo”, responde Jenny. “Un culo con corazón”, agrego. Lo mismo que buscan los heterosexuales. Nadie quiere solo un corazón. También quieren buen sexo. Por eso, lo del culo con corazón es sinceramente brillante.
Sin darme cuenta he comenzado a bailar sobre la tumba de mi ex amor. Pareciera que lo he superado ya. Así de golpe. La amé de golpe, la olvidé de golpe. Jenny sabe que estoy mintiendo. Ana sabe que estoy mintiendo.
Lo cierto es que ha pasado otro jueves, y lejos de llorar me he puesto divertida y alegre, como si el cóctel del Dominium y Neuryl 0,5 comenzaran a hacer efecto en mi torturado cuerpo. Quiero morir, pero este jueves no.

13 de marzo de 2007

Ana, la NN

Corre. Le dijo corre, pero Ana se detuvo y la miró. Me quedo contigo, no importa lo que pase. Estaré aquí, te cuidaré. Un balazo le perforó el corazón. Cayó sobre el asfalto mojado por la lluvia, brilloso como un espejo. Su cabello negro le cubrió la mitad del rostro. Sus labios se cerraron. Sus ojos todavía abiertos no tuvieron tiempo para despedirse con esa mirada que le decía cada noche del adiós “no me he ido, estoy tatuada en tu piel”.
Unas sombras alargadas se perdían a bordo de un auto que también era una aparición de esas que sólo se distinguen nítidas en el insomnio. El silencio era pesado. La neblina densa, capaz de cortarse a navajazos. La sensación de haberlo perdido todo parecía in-creíble. Qué pasó, se preguntó Andrea. Demasiado tarde, ya había pasado. Y Ana yacía a sólo unos metros de sus botas. Dije corre, se repetía. Y por qué lo dijo. No lo sabía. Fue instinto. Algo espontáneo que le salió de adentro cuando presintió que esos pasos acelerados tras de ellas eran una mala señal. Pero no corrió con Ana. Quería desafiar al destino. Y ese estúpido reto le arrebató en segundos al amor de su vida.
No era únicamente ganas de ir contra el tráfico. Era algo más intenso. Qué. Se acercó a Ana. Te dije corre, murmuró. Te lo dije porque sabía que algo malo pasaría hoy. Habíamos reído demasiado en el departamento, habíamos hecho miles de planes, habíamos soñado despiertas... Y eso no se perdona, princesa. Eso no se perdona en un país de mierda como el Perú. Las paredes escuchan, los vecinos envidian la felicidad ajena, los extraños te miran mal. Te lo dije. Te dije que te vayas.
Le abrochó los dos botones de la blusa. Por el apuro de la pizza Ana dejó sin cerrar su camisa. Tocó su rostro. No pudo definir si ya estaba fría, porque las manos le sudaban helado. Cerró sus ojos. Entonces quiso creer que las cervezas que no tomaron la habían tumbado al suelo, como tantas otras noches. Estaba ebria. Ya le pasaría, ya se pondría de pie, la abrazaría y le diría “hoy no me voy a mi casa, soy toda tuya”. El estridente sonido de una sirena la despertó de lo imposible. Se apuró en quitarle la billetera. Era mejor que fuera una NN, pensó en ese instante. A nadie le importaría. Su padre está ciego y muy viejo para andar en esos engorrosos trámites. La morgue, los estudiantes de Medicina de la San Marcos, los buitres, se llevarán su precioso cuerpo. No interesa. Yo me quedo con su alma. Al viejo le diría que Ana partió a España. Total, ese era su plan más inmediato. Podría ir cada mes a leerle las cartas que yo misma escribiría. Y hasta le mandaría un cheque. Es de Ana, señor. Ella jamás se olvidaría de usted. Podría pagarle una enfermera o mandarlo a un asilo decente, comprarle chocolates y cuidar que nunca le falten los puros habanos que son su delirio.
El sonido de la sirena dejó de perturbar la noche. Andrea creyó que la ruta de los policías era otra. En Lima pasan tantas cosas: a un ex marino lo lanzan de un puente sólo por oponer resistencia cuando pretendían robarle un celular/a un millonario lo secuestran camino a la iglesia/ un torero desaparece con 1,200 dólares después de juerguearse a morir en la Calle de las Pizzas/ un feto es encontrado debajo de la banca de un parque.
Una chica linda es noticia, pero no ahora que nadie escuchó el balazo. Mañana querrán saber todo de la NN. Se inventarán una historia descabellada. Nadie sospechará que la mataron por amor. Ningún periodista tendrá el mal gusto de escribir que esa mujer perfecta era lesbiana. A nadie se le ocurrirá que yo le disparé.
Nadie tendría que imaginar la verdad: que Ana me engañaba, que su amor era ficción, que sus tatuajes jamás me los dedicó, que su cuerpo me esquivaba, que sus despedidas cariñosas eran únicamente huidas. Que jamás me amó. Que yo era su perseguidora, su sombra perpetua, su tumba. Pero le dije corre. Y supuso que mi pistola no tenía esa bala maldita. Que yo jamás la lastimaría. Creyó en mí. Aunque no dijo “te cuidaré”, ni “me quedo contigo”. Sólo murmuró que yo era incapaz de apretar el gatillo. No calculó que esto ya estaba planeado. Y su muerte será mi paz. Me llevo su recuerdo, las risas que no me regaló, los sueños que no compartió a mi lado. Ya nadie me dirá: “Andrea, no sé amar... Quisiera amarte, pero no puedo”. Ya nadie susurrará a mi oído que tener sexo no es hacer el amor. Que tocarla un rato está bien, pero todas las horas, todas las noches, un vicio, una obsesión. Hoy dormiré mejor que esas noches cuando la esperaba. Ana ya no está.

-16 de julio del 2002
02 y 24 a.m
El amor con Laura


La conocí una tarde, fue algo que premedité con alevosía. Salí de la oficina a eso de las seis, hora punta, Lima una completa mierda, gris como la panza de mi gato castrado, inmunda como siempre a esa hora cuando los desechos de los transeúntes se han acumulado en cada esquina. Iba caminando por Cailloma, buscando con ansiedad un cuerpo que abrazar, alguien anónimo que me diera lamidas de falso placer.
Necesitaba desesperadamente a una mujer. Laura era parte de la escenografía, una más y sin embargo, más bella que cualquiera. Bella con ese halo de sucia maldita. Desafió mi mirada con una sonrisa que dejó ver los pocos dientes que le sobrevivían. Su cabello, negro y brilloso, llamó mi atención. Me imaginé, de pronto, acariciándola. Era flaca, desgarbada, como la hermana de mi gato Farinelli. La falda que apenas alcanzaba a taparle los muslos me hizo pensar que allí debajo podía sucumbir. Y me acerqué: ¿Cuánto? Quince soles, respondió. Pero no hagas roche, no suelo atender a lesbianas.
Vamos en un taxi, camino a Miraflores, quiere una pizza, seguro que quiere una pizza, pensaba, mientras ponía una de mis manos sobre sus piernas. Laura supo desde el primer momento que esta sería una faena distinta, no iríamos al hotel de la vuelta, saldríamos a dar un paseo, bailaríamos en una discoteca y quizás, si nada se tropezaba con nosotras, el amanecer nos sorprendería. Laura no hablaba, solo me miraba entre sorprendida y cachosa, todavía se preguntaba qué mierda hacía con una mujer a su lado. Bajamos en Larco, directo a una trattoria, devoró la hawaiana, chupó sangría y preguntó: ¿Y ahora? A mi casa, dije. A tu casa, bien a tu casa. Y cuánto me vas a pagar. Lo que quieras, lo que te de la gana. Y antes de enrumbar a mi guarida, paramos en Gitano. Irrumpió en la pista de baile como una pantera, le robó el show a los travestis, sus movimientos frenéticos y sensuales me hicieron saber que esa madrugada no dormiría. La besé en un rincón oscuro, cerca al bar, lejos de los ojos que censuraban esa extraña conquista de ladys night. Su lengua mojada y suave me atravesó con fuerza. Sentirla me hizo perder el pudor, la prudencia. Le estaba haciendo el amor, mientras otros brindaban y hacían esfuerzos por disimular el bochorno de la escena que estaba protagonizando. Mis dedos salieron de ella con torpeza. La volví a besar. Me importaba muy poco ese dicho de que a las putas no se les besa. Laura no era una puta. En sus labios sentí que podía necesitarme.
-Vamos a tu casa-susurró.
La cama, destendida y sitiada por mis felinos, la esperaba. Lo que pasó todavía no logro explicarlo aún. Todavía me intriga pensar si eso fue una batalla carnal, un duelo bestial. Acabé mordida y con arañones. Ella dormía, la vi especialmente hermosa. Tendría unos treinta años, quizás más. En uno de sus pies tenía una cicatriz de quemadura, la piel seca y arrugada, las uñas rojas y mal cortadas. Besé cada milímetro de su cuerpo desnudo y pálido. Le hallé un tatuaje: la balanza de Libra y una fecha: 15-10-69. Sesenta y nueve. Se-sen-ta-y-nue-ve, repetí en voz alta. Abrió los ojos, dijo: 32 años. Sus brazos, como tenazas, me estrecharon. Nuestros alientos a cerveza y ron se mezclaron en un ósculo húmedo y largo.
-Quédate todo el día aquí. No iré a trabajar, solo quiero tenerte, te pagaré lo que me pidas…
-No tienes nada que pagarme, la pasé bien y no tengo razones para irme, nadie me espera-dijo, con cierta pena que opté por ignorar.
Esa mañana le preparé el desayuno más delicioso de su vida. Comimos en la cama, era casi mediodía. Voy a engordar, susurró, mientras acababa con los cabanossis. No importa, le dije. Por la tarde, vimos películas mexicanas y hacia la noche, salimos a recorrer el malecón de Chorrillos. Laura tomó mi mano, no le importó la gente, no le importó. De regreso a casa, hicimos el amor. Esta vez la sentí tierna y melosa. Laura era otra. Luego hablamos de nuestras vidas.
Le conté que era periodista y que de vez en cuando, cada noche del insomnio, escribía cuentos. Quiso encender la computadora para leer mis relatos. Pero mientras yo conectaba el aparato, ella se dio la vuelta. Vi lágrimas asomar en sus ojos. Qué pasa. No quiero leer, soltó. Por qué. Bueno, no tienen que interesarte mis historias, repliqué, algo ofendida.
-No sé leer.
Entonces le propuse ser su narradora. Se acomodó en el sofá como una niña, cruzó las piernas y se alzó el cabello para dejar sus orejas libres. No tenía cuentos de hadas, en mis historias no había princesas, tampoco caperucitas rojas, solo lobas y feroces. Yo solo sabía hablar de putas.
-Mejor lo dejamos para otro día, Laura.
-No, no… Quiero que me leas. Nadie lo ha hecho jamás para mí.
Tragándome la vergüenza que la situación me provocaba, empecé con el primer relato: “Ana, la NN”. Eran apenas tres páginas, Laura no dejaba de mirarme. Esa Ana soy yo, dijo de pronto. No eres tú, mi amor. Pero se me parece demasiado. Quizás sí. Todas las putas se parecen, pensé. Y me llené de culpa por pretender compararla a cualquiera de esas. Pasé la madrugada, leyendo la historia de una tal Jennifer, de otra llamada Paola y de muchas otras que -a veces- solo eran una inicial. ¿Y por qué nunca nadie se llama Laura? No lo sabía, no se me había ocurrido. Dormimos unas horas, volvimos a despertar, los cuerpos sudados y entrelazados. No te irás, verdad. No te vayas.
Quiero aprender a leer. Quiero que me enseñes.
A ella le tocaba ahora contarme su vida. Era puta, ya lo sabía.
-Me metieron al negocio desde muy niña, mi madre y su marido pensaron que ese era mi futuro. Y ya. Nunca me he enamorado de nadie, lo único que he hecho en todos estos años ha sido tirar- Quiso reír, pero la sonrisa se hizo una mueca triste.
-He tenido algunos romances, pero nada importante. Un par de veces me he acostado con mujeres, me gustó más… Pero no soy lesbiana, no he tenido con quién-. Ahora sí se sonrío. Y me besó, y me besó, y cómo me besó.
Debo ir al trabajo unas horas, solo unas horas. ¿Podrás esperarme? No me iré, no tengo a dónde ir. No vuelvas a Cailloma, le pedí y mi pedido se escuchó como una súplica. Si me dices que no vaya, no iré. Me sentí su dueña y eso, a la vez que me fascinaba, me llenaba de terror.
Dueña de Laura.
Los días transcurrieron quietos, como agua de piscina en invierno. Laura daba de comer a mis gatos con un afecto que a veces yo no sabía tener por el cansancio del trabajo y la flojera. Ella se encargaba de preparar la sopa de hígados y patas de pollo. Ella le cambiaba la arena y a mi regreso, me contaba con lujo de detalles lo que hacían cada uno de los seis. Nunca tuve tanta paz como en esa temporada junto a Laura. Fueron solo seis meses
Un día, al llegar a casa, encontré una carta llena de garabatos: “No haprendí a leer. Lo siento”.
No supe qué hacer, salí corriendo sin rumbo conocido. Me perdí en los bares y calles de Lima, pregunté por ella y nadie tuvo qué decirme. Nadie la conocía, se la había tragado la puta Lima.
Mucho tiempo después, una mañana de invierno, una nota policial se estrelló en mi cara: Laura se había suicidado. Nunca supe por qué, la noticia era breve y fría como el hielo, escrita sin corazón por una reportera sin alma, una coleguita incapaz de conmoverse. Una puta que se da vuelta, que se cuelga de una viga y dice adiós al mundo cruel.
Mis esfuerzos por llegar a la verdad no me dieron ninguna pista. La policía cerró el caso al día siguiente. Un suicidio como tantos otros. No había familia, ni nadie. Solo yo. La única que pudo decir que esa cicatriz fue mía. Pude enterrar su cuerpo y ponerle flores. Y me quedé con el final incompleto Qué le pasó a Laura, hasta hoy me lo pregunto. Acaso no la hice feliz, acaso no le di todo mi amor.
Una noche, de insomnio, alcancé aturdida una confusa conclusión: Laura sí había aprendido a leer y leyó, quizás, un cuento, el único que escribí sobre ella y el único que no le leí. Se llamaba “La chica de Cailloma”. Y aunque supongo que no entendió algunas palabras por rebuscadas y extrañas para su limitado léxico, creo que Laura pudo entender que a pesar del amor que le tenía, en los seis meses de relación me refugié en casa como si fuera una cárcel, ante el estúpido miedo de que me vieran con una mujer como ella: sin dientes, sin elegancia, sin estilo, sin clase. Eso lo decía en el maldito cuento. Lloré, lloré y lloré. Extrañé como nunca su cuerpo, extrañé su risa y busqué con premeditación y alevosía la pistola que siempre durmió debajo de mi almohada.

17-setiembre-2002

27 de febrero de 2007

sexo con amor

Pocas cosas alcanzan el equilibro, por lo general, algo falla o algo falta. He soñado durante años en encontrar la fórmula para que no me falte amor ni sexo, para que ambos lleguen juntos, y permanezcan atados por simbre. El sexo por puras ganas pasa y alivia el deseo. Pero el sexo con amor alivia el deseo y te deja el corazón contento.

5 de febrero de 2007

Fecha de vencimiento

Los amigos preguntan cómo pasaremos el Día de los Enamorados, de San Valentín, del Amor. Todos preguntan e indagan en el regalito, qué regalarás, que te regalarán. Hoy solo valen los corazones, rojitos e hinchaditos de pasión. Dejemos para mañana las lágrimas y la pena por esa ruptura, disimulemos. Pensemos que quizás era lo mejor, que nos toca empezar una nueva vida (¿cuántas vidas has empezado en los últimos quince años? Más que los gatos, más de siete seguro?).


* * *

El amor se acaba, admitámoslo, así desentonemos con la clásica alharaca de este 14 de febrero. No quiero malograrte la fiesta y menos enfriar el romanticón encuentro que preparas, pero parece que el feelling del amor dura solo un año. No me convence, la verdad. He estado enamorada diez años de la misma persona, pero el estudio es contundente: dormir poco, comer menos y pensar constantemente en otra persona son los síntomas del enamoramiento. Es posible que solo haya dormido poco en esta última década.
Si tienes tres años de relación, comes desmesuradamente, piensas en mil cosas y en ella también, y duermes más de ocho horas sin insomnio los estudios señalan que tu romance ya fue. Una investigación de la Universidad Italiana de Pavia sentencia que el enamoramiento solo dura un año.
Las fuertes emociones que se generan cuando dos personas recién se enamoran son originadas por una molécula conocida como factor de crecimiento nervioso o Nerve Growth Factor (NGF).
Los científicos italianos encontraron niveles increíblemente más altos de NGF en la sangre de 58 personas que acababan de enamorarse locamente que en la de un grupo de solteros y personas que llevaban mucho tiempo con sus parejas.
Después de un año con la misma pareja, la cantidad de NGF o 'molécula del amor' en la sangre de los antiguos 'recién enamorados' cayó a los mismos niveles que en el otro grupo, el de los solteros y comprometidos desde hace tiempo.
El amor tiene fecha de vencimiento, como el yogurt. No es eterno. Nada es para siempre. Todo tiene su final, como decía el gran Lavoe.
Máximo puede durar dos años, refieren los estudios. Pero quienes aún nos mantenemos al otro lado de la ciencia podemos decir que todavía hay amores eternos, mientras duren claro.

el amor acaba

(¿cuántas vidas has empezado en los últimos quince años? Más que los gatos, más de siete seguro?).

El amor se acaba, las ganas también.
Qué debo hacer ahora. La ilusión me embarga por un lado. La pena me hace doler hasta los huesos.
Hay que empezar de nuevo. Miraré la cara más bonita del amor, así los expertos consideren que la emoción del amor dura solo un año.