
Pensar en el futuro no te deja vivir el presente. Puede ser que esta frase sea cierta. Yo no sé de dónde la saqué, tampoco recuerdo si la inventé. Es sábado, estoy en casa, he dormido demasiadas horas, y solo las gatas me acompañan. He soñado con el futuro, y lo extraño de todo es que el escenario que me rodeaba no era este, el de las paredes verdes, el del cigarrillo humeante y el café caliente cerca.
No era yo, quizás. Era otra persona, rescatada y liberada de las angustias cotidianas y eternas. Pero en ese sueño me encontraba en una casa grande, de paredes blancas, con un jardín amplio para las mascotas y un espacio para la parrilla. En ese sueño yo reía, y sentía que mi vida era medianamente predecible y cómoda, imposible de romper. En ese sueño no había una mujer, pero sí alguien –sin rostro y sin sexo, como una sombra- que me decía palabras gratificantes, que no me reprochaba nada, y que me conducía sin miedos a dormir a su lado, que abría sus ojos y me miraba, que me daba fuerzas para seguir, y que me repetía que yo era invencible y que siempre sería capaz de derrotar a los fantasmas.
Al despertar me pregunté cuál era la razón de tanta angustia, de tanta tristeza inmóvil, y devastadora. Sí, la depresión nuevamente. Esa enfermedad que regresa, y que a unos paraliza, y que a otros vuelve fuentes incontenibles de creatividad y de trabajo. Yo pertenezco al segundo grupo, lo cual es un alivio para mi desarrollo profesional. Pero, ¿y hasta cuándo esta pena, este vacío estúpido, este dolor que se te instala en los huesos?
Cuando trabajo mis penas se postergan, y quedan refundidas en alguna parte. Cuando me declaro en descanso total, la pena se aloja en mí, y entonces soy la misma de toda la vida, preguntándome qué pasará mañana, qué libros leeré, qué labios besaré, qué mujer me mirará a la cara al despertar, qué hijos no tendré, qué gatos me faltarán, qué familia habré adoptado, qué cuerpo será mío, qué marca de cigarrillos fumaré, qué países visitaré, qué casa habré comprado, qué rupturas habré sumado a mi lista, qué canciones cantaré, qué color de cabello tendré, qué cantidad de kilos bajaré, qué médicos conoceré, qué amigos habré perdido, qué teléfono más poderoso que el iPhone 3GS tendré, qué laptop me acompañará para escribir mis historias, qué cremas me servirán para disimular las arrugas, qué terrenos pisaré.
Demasiadas preguntas, demasiadas angustias… en una tarde de sábado.