
En los últimos años he cambiado más de lo que cualquiera podría imaginar. Una amiga -que me conoce desde los veinte años y pico, en mi época más loca- me dijo en un café que yo no era la misma que taladreada por una resaca llegaba a El Mundo, un lunes como un viernes, dispuesta a cubrir incendios, atropellos, desalojos y todo lo que mi buen jefe decidiera. Debo aclarar que no era de lunes a viernes, pero sí un lunes y quizás un viernes. Aclaro para evitar malos entendidos.
Resulta que mi amiga me encontraba diferente. Yo era otra pero no solo por mi terror a las resacas. Era otra porque en mi caótico desorden mantenía una agenda mental que todavía me permite llegar puntual a las reuniones pactadas, y entregar los trabajos y encargos a la hora. No fallo... El 99.9% de veces no fallo en mis tiempos, compromisos y planes. Ojo: esta casi perfección cae a niveles del 1% en todas las otras cosas que hago en mi vida diaria. Es decir, fallo en casi todo lo demás.
El asunto es que ya no soy la díscola criatura que se rompía el corazón a cada rato, que era rescatada con la móvil del diario de algún hostal o discoteca (Percy, mi exxxx jefe sabe que no miento ni exagero). Mi estricto orden y sentido de la responsabilidad llamaron la atención de mi amiga.
Sí, ya no soy lo que alguna vez fui. Algunos lo llaman madurez. Otros consideran que se trata de sobrevivir en un mundo de adultos. Yo creo que ocurrieron las dos cosas. Mi cambio comenzó a darse en La República, pero mi jefe de la época final (Mario) jamás se dio suficiente cuenta. En Perú.21, las responsabilidades me obligaron en primer lugar a odiar las resacas. Hace seis años aproximadamente que no me veo en una situación de ese tipo. Quizás alguna vez celebré más de la cuenta, pero nada más.
Los cambios más fuertes se dieron en los últimos dos años, cuando enamorada de la chica que conocí gracias a una web, y a la que conquisté por chat, empecé a interesarme en la tecnología, la Internet, las computadoras... El cataclismo fue real. Hoy estoy pegada a mi PC, a mi bello iPhone, a mis tres blogs, a medio ciento de blogs que leo devotamente, y estoy a punto de comenzar una maestría ON LINE de periodismo digital. Yo realmente hice click.
En los últimos dos años he tomado dos decisiones trascendentales: matar a mi ex y dejar de fumar. De lo primero no me ocuparé, pues ya habrá oportunidad u olvido. De lo segundo debo decir que he cumplido dos meses sin humo. Por supuesto, muchos creen que cualquier día caeré. Yo, la verdad, pienso que ya fue.
Repasando mi vida me he preguntado qué pasa cuando ya no eres tú, o cuando eres una sombra difusa de lo que alguna vez fuiste. Un frío extraño remueve mis huesos en este instante. Síndrome pre menstrual le llaman las que pretenden cubrir cualquier fastidio con la inminente llegada de la regla. Este frío quizás no tenga explicación. Me asusta no ser yo, la que corría por las calles en busca de amor, adrenalina e ilusión. Ahora corro en una plataforma virtual, donde encima algunos -no tan pocos- me leen, y debo tener cierto pudor.
Pero si tuviera realmente pudor agarraría una libreta, escribiría y la escondería debajo de mi cama. O sea... Por allí no va el tema.
¿Qué queda de lo que fui? Pues solo enumeraré algunas cosas. A la hora de golpear el teclado, por ejemplo, sigo haciendo lo mismo: miro la pantalla y nada más. Mis dedos encuentran las teclas de memoria. Sigo escribiendo tan rápido como en esos tiempos, quizás escribo mal, pero lo hago rápido, como si estuviera a bordo de un auto de carrera.
También soy la misma cuando abrazo a mis gatas. Y cuando hundo mi cabeza en la almohada y lloro, y pienso que ya me harté de vivir. Sin embargo, en segundos, paso de la vocación suicida a la desesperación por aprobar un comentario de mi blog de Perú.21... Entiendo que el ya me "harté de vivir" es la misma frase que solía decir -a los 20- en el Olivar de San Isidro con mi amigo Daniel, quien no se hartó de vivir, pero un día se murió. Es la misma frase que -cerca de los 30- solía repetirle a Christian Vallejo, quien también se murió. Y sigo haciendo dietas, y sigo gorda. Y sigo tomando café. Y adoro desesperadamente el tamal de Chorrillos. Y Chorrillos sigue siendo el lugar donde me gustaría vivir y morir, porque allí están las playas que más me gustan de mi ciudad, así sean feas y tristes, y muy marrones.
En los últimos diez años he cantado las mismas canciones -ya saben, Sabina, Calamaro, A.Guzmán, Chavela Vargas-. Me siguen gustando las telenovelas mexicanas, y no puedo dejar de comprarme un libro. Ahora ya no me gustan las chicas de cabello negro y lacio. Ahora miro una cabellera ondulada, sorprendiéndome todavía del por qué. Ahora ya no le leo a nadie El Túnel de Sábato o Sobre héroes y tumbas. Ya no busco a Alejandra en mis parques Lezama (la foto de este post fue tomada en el Parque Lezama, Buenos Aires).
Quiero creer que no he perdido lo peor y lo mejor.
PD: Sigo siendo yo cuando la misma pena me gana al leer el fragmento de Sábato en Sh&t:
-Sufrí con ella tanto que muchas veces estuve al borde del suicidio."Y, no obstante, aun así, aun sabiendo de antemano todo lo que luego me sucedió, habría corrido a su lado".